La primera ola de calor del año en Canarias ha pillado a Ciani, de 39 años, como de costumbre: trabajando como camarera en el bar de la piscina de un hotel del sur de Gran Canaria.
El termómetro supera los 40 grados y a ello hay que sumar la calima, que también se ha dejado notar. El aire está irrespirable. El sol cae a plomo. Pero el local no va a cerrar para que Ciani pase la tarde a la sombra, dice ella, algo resignada. La hostelería impone unos ritmos que ni siquiera el calor más extremo parece cuestionar. Aunque, si llega el momento, tiene claro qué hacer.
“El ajetreo te impide parar. Pero yo, personalmente, pongo primero mi salud. Y si tengo que descansar, lo voy a hacer, por mucho que mi jefe me exija que siga trabajando. Porque si no lo hago, me voy al piso”, asegura. “Y si me sancionan, pues ya es cosa de ellos y me defenderé como me tenga que defender”.
No es la única. Canarias es la región europea donde más se interrumpe el trabajo al aire libre por las altas temperaturas, cada vez más frecuentes por el cambio climático, según un estudio de la prestigiosa revista The Lancet. Le siguen Chipre y la región de Ática, en el sur de Grecia. La otra cara de la moneda la firman Salzburgo, en Austria; la provincia de Bolzano, en el norte de Italia, y Finlandia, donde ha aumentado la actividad.










