Las declaraciones del presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Argüello, en las que habla del Orgullo como una obra de Satán o denomina al Gobierno, escondiéndolo tras el Estado, como una “banda de ladrones” no son nada más que lo que se espera de la cabeza de la Iglesia española con una tradición secular por el mal, el daño y la crueldad. No me importa tanto lo que ha dicho, que es lo que se espera de un obispo ultra, ni me importa el personaje en sí, porque es solo un mero aprendiz de otros miembros mucho más venenosos de la Iglesia, me interesa mucho más ese tono de voz pausado, melódico, de sacristía de los años 40. Me interesa mucho más ese susurro devoto como vehículo de crueldad.
La literatura española está llena de referencias que nos recuerdan esa manera de hablar de monseñor Argüello. El tono bajo y esa cadencia de miserable nos llevan a las páginas de Clarín en La Regenta, en la que con una voz de terciopelo y un registro de confesionario el inefable Fermín de Pas es capaz de manipular y someter la voluntad de Ana Ozores. Una crueldad que refleja como nadie el bastardo de Mosén Millán en Réquiem por un campesino español o que recorre de manera vertebral la obra de Agustín Gómez Arcos. El tonito de la monja de Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa.










