Van a 47 por hora y parece que van parados, atraviesan sin detenerse Lascaux y sus pinturas de vanguardia en la piedra, Sarlat y sus tiendas de souvenirs en calles pintorescas, Domme y más lugares de turismo rural entrañable. Entre ellos el pelotón transporta su sopor bajo la canícula de un sábado de siesta interminable, solo atento a terminar rápido la jornada en un sprint diabólico que llama a las caídas y a los crujidos de huesos —tres curvas de 90 grados en los dos últimos kilómetros cuesta abajo—, la octava de un Tour cuyo final todo el mundo cree que ya está escrito. Ni siquiera sorprende que repita victoria en la llegada masiva Tim Merlier, un día el Garona, el siguiente el Dordoña, en el que se refrescan la barriga las aturdidamente acaloradas gentes de Bergerac. Toma con distancia la última curva, donde acelera Van der Poel con Philipsen a rueda, calcula, acelera y en 400 metros supera a seis y saca una bicicleta al segundo, Biniam Girmay.“El cuerpo no es una cosa, sino una situación”, decía Simone de Beauvoir de las arrugas de vida, del alma que mata la cirugía estética, pero el rostro sereno, liso, de Merlier, tan frío en la batalla, traiciona a la pensadora, y al propio interior del joven tímido que se casó con la hija de Frank Vandenbroucke, atormentado ciclista belga que nunca pudo huir de sus demonios y sus deseos de autodestrucción. “Cuando veo la línea de meta me da un subidón de adrenalina. Es adictivo. Vivo como si fuera el último minuto de mi vida, como si cayera al vacío y, aun así, intentara sobrevivir”.Merlier está en racha y es el más potente. Y eso es el Tour, cuestión de piernas y de resistencia: siempre hay uno más fuerte que los demás. Mucho más fuerte. La gente dice, impresionante. En el día a día y en todos también.Ocaña, que moría por hacer perder a Merckx, llevaba el reloj con la esfera en la parte inferior de la muñeca, la correa por arriba, y así la llevaban quienes querían ser como él. Difícil, sin embargo, que nadie pueda ser como Pogacar, que le disputa a Merckx la corona del mayor déspota del ciclismo. Puede mirar la hora mirando ora a su muñeca derecha ora a la izquierda, en las que brillan sendos relojes Richard Mille de 300.000 euros la pieza. La tiranía es su régimen, su forma de ejercer el poder. Fin del suspense.En la historia del Tour son mínimos los momentos de emoción máxima y excesivos los de dominio absoluto. Por una ascensión al Puy-de-Dôme hombro con hombro de Anquetil con Poulidor, y 14s en la cima, hubo cinco años de monopolio del normando, y silbidos en los Campos Elíseos, pobre Poulidor, todo el amor para el derrotado. De los nueve segundos del Tour LeMond-Fignon aún se habla como de un momento único, o de la derrota de Merckx ante Ocaña en Orcières-Merlette. Diamantes en la memoria sepultados entre largas épicas de absolutismo: Merckx, Hinault, Armstrong, siete años de imperio, Indurain… Así es la existencia: nadie soportaría una vida sin rutina. Comer un día espaguetis con tomate es felicidad; comerlos cinco días seguidos convierte lo extraordinario en habitual, le quita su valor. La mejor entradilla de una crónica ciclista jamás escrita decía así: “Quien se preguntara dónde se había escondido Miguel Indurain durante una semana, hoy ha obtenido la respuesta: estaba en una cabina telefónica cambiándose y poniéndose un maillot de ciclista con una S muy grande”. La crónica, escrita por Samuel Abt para el New York Times hace 34 años se titulaba, apropiadamente, “¿Un pájaro? ¿Un avión? No, solo es Indurain”. Estaba dedicada a la contrarreloj de Luxemburgo en la que el tremendo navarro destrozó el Tour de 1992, pero podría haberla utilizado también, letra por letra, dos años después, hablando del mismo protagonista repetido e irrepetible, después de sentenciar a Rominger y al Tour, también en la novena etapa, en la contrarreloj de Bergerac. A aquella ciudad del Périgord —olor a trufa, a nogales y vinos blancos secos en los valles estrechos y gargantas profundas del Dordoña— en la que José Miguel Echavarri, y su gran facilidad para ingeniosos juegos de palabras, bautizó a su pupilo “Tirano de Bergerac”, llegó el Tour el sábado caluroso. Vapor del Dordoña emanaba al cruzar el puente nuevo, y a su frente, honrando la tradición y la historia del Tour, un nuevo tirano, Pogacar, un puño de hierro bien prieto en la garganta de la carrera, que pide compasión y un poco de oxígeno para seguir existiendo. Lleva 58 días de maillot amarillo. A uno de Froome, a dos de Indurain. Su llegada en 2020 fue un boom: el último Tour verdaderamente disputado hasta su último kilómetro: su victoria en la cronoescalada de La Planche des Belles Filles destronando a Roglic, que se creía ganador seguro, la víspera de llegar a París. Desde entonces, sus demostraciones tienen una sombra repetitiva, aburrida. No hay batalla.Nada es nuevo. Ni el dominio ni los lamentos de corredores y equipos, su solo podemos hacer lo que nos permite Pogacar, ni la dictadura de los campeones en la carrera, que una vez establecido su poder se dedican a vigilar con el rabillo del ojo a los jóvenes que quieren su cabeza. “Estoy impaciente por ver quién va a ser el rival más duro con el que pelear”, dice. “El ciclismo es un deporte de dominación, de sumisión. La violencia es omnipresente: física, mental, pero también en la relación con los demás, a quienes el campeón quiere aplastar”, escribe Alexander Roos en L’Équipe. Los aplastables pelean entre ellos por ser segundos. Ilusiones mínimas. Cada ciclista sabe lo que puede y lo que no puede conseguir.Otros campeones ejercían su poder ante los organizadores, verdaderos líderes sindicales del pelotón, como el Bernard Hinault que encabezó una huelga contra el Tour en 1978 para acabar con la moda de hacer dos sectores en etapas, lo que les obligaba a levantarse a las 4.30. Pogacar no abre el pico en un Tour que se corre bajo la tercera ola de calor de Francia. Alertas rojas. Prohibido hacer ejercicio físico. El Tour reacciona moroso pese a que el protocolo de calor extremo obligaría a convocar reuniones para consensuar medidas, que llevarían a la suspensión de la etapa si se superan los 28 grados del termómetro de bulbo húmedo (combinación de temperatura ambiente y radiante, humedad y viento) que seguramente se alcancen hoy. Y lo más que ha cedido es recortar 30 kilómetros la etapa, pero en el momento más caluroso del día seguirán jugándose la vida y la salud. El pelotón habría preferido salir antes y acabar a las 15.00. No fue escuchado. Y Pogacar acepta: “Habrá que prepararse bien”, dice. “Y resistir”.