Ser ciclista es ser objeto de registro en el aeropuerto de Bilbao por guardias civiles que hace un año ven en la maleta de Damiano Caruso unos frascos sin etiqueta, inocentes cetonas, y le estresan al hijo de policía siciliano que se acerca a los 40 años y ya roza la retirada, y le hacen recordar que como ciclista que es, ha nacido sospechoso, pero qué se le va a hacer, desafiemos al destino estúpidamente y entremos en la fuga llana hacia Chalon, calurosa y húmeda junto al Saona pese a una tormenta tremenda, condenada. Acompaña unos kilómetros a Veistroffer, un francés, el corredor más inteligente del pelotón: las fugas en solitario no solo le permiten tratamiento VIP a la hora del suministro de bidones, hielos y CHO, sino que le han dado fama, horas de monopolio de la pantalla televisiva, aplausos bienintencionados, podios a su combatividad y seguidores en redes. Saludos y hasta la próxima.Es la última oportunidad de sprint, el quinto, un privilegio que se trabaja. Remolinos de tormenta. Escaramuzas en los repechos finales, Baudots, Buxy, relámpagos Lidl antes de llegar a los Vosgos de Ayuso, Pedersen, bicolores guantes, Vacek, Simmons, chispazos, fogonazos del maillot amarillo, el viejo Degenkolb luce pierna también, e impotencia. Llegada al muelle de San Cosme, a dos pasos del museo que recuerda que la fotografía la inventó el hijo de un rico del pueblo, Joseph Nicéphore Niépce. Para capturar objetos en sus primeras fotos Niépce, que se movía en un velocípedo draisiana —bici sin pedales ni cadena impulsada por pies veloces contra el suelo—, por su Chalon, necesitaba horas y hasta días de exposición, pero en los últimos dos siglos la fotografía ha evolucionado casi tanto como el ciclismo en los últimos 20 años, y del sprint de Tim Merlier los de Tissot, instalados a la puerta de Niépce, y con ellos, la mujer y el hijo del belga, dispararon a 1.000 imágenes por segundo. No es que la necesitara nadie para adjudicarle la tercera victoria al belga, tan superior cuando lo desea, que aventajó en una bici casi a los demás pese a arrancar casi desde parado en los últimos metros. Tampoco sería agradable la foto del capitombolo final, la caída a 70 por hora a 400 metros de la llegada iniciada con un afilador de Gaviria, el más malherido de la media docena de corredores que volaron por los aires antes de aterrizar contra el asfalto.De cosas así, de la evolución del ciclismo, de caídas, en las salidas conversan todos los días Pedro Horrillo y Chris Froome, chóferes de Skoda para invitados VIP, y hablan de sus caídas terribles, de los hierros que sujetan sus caderas, de cómo cambia el paisaje, las desforestación de la Francia que recordaban solo paraíso de bosques. Década de los 70, Horrillo; de los 80 Froome, sus caminos ciclistas se cruzaron solo una vez, en el Giro de 2009, la última carrera del ciclista vasco, que se despeñó por un barranco de decenas de metros, sufrió semanas en coma en un hospital de Bérgamo y da gracias a la vida por seguir vivo, y Froome le dice que él también está vivo de milagro, no tanto por la caída entrenando para la Dauphiné 10 años después que el accidente de Horrillo que marcó su carrera para siempre, y le obliga a asumir, lúcido, qué vértigo, que su mejor día sobre una bicicleta fue precisamente el de su última victoria, la etapa de Le Finestre del Giro de 2018 en la que destrozó a Simon Yates y revolucionó la clasificación general con una fuga a lo Merckx, como se decía entonces, cuando Pogacar aún no existía como ciclista. La gloria máxima y después nada, un alargar la carrera para cumplir un contrato y un atropello cuando entrenaba que le hizo rozar la muerte porque una costilla le desgarró el pulmón y tocó el pericardio. Anunció su retirada el día que comenzó el Tour en Barcelona y espera, junto a Horrillo, que a su club se una pronto Julian Alaphilippe, uno de la década del 90, otro que combinó cénit y ocaso un día de septiembre de 2021, ganando el Mundial de ciclismo en Lovaina cuando entre él, Pogacar, Van Aert y Van der Poel conformaban el cuarteto que había revolucionado el ciclismo después de la pandemia, y con ellos peleaba de tú a tú en repechos y llegadas rápidas, y a veces les ganaba, y otras veces se precipitaba y levantaba los brazos antes de tiempo, y luego sonreía, su boca cercada por perilla y bigote de D’Artagnan. En 2022 se cayó de plano en una cuneta de la Lieja-Bastoña-Lieja y fue socorrido por un Romain Bardet en estado de shock que gritaba auxilio, auxilio. Se rompió costillas, pulmones, omóplato. Desde entonces, un declive imparable que alcanzó su momento más bajo en la etapa del miércoles, llegando a Nevers. Partió en fuga, se quedó en una cuesta, el pelotón le pasó por encima. Llegó el último, a más de siete minutos.A la cola del pelotón, y aun así más de siete minutos delante de los rezagados y heridos, Alaphilippe, Jorgenson y 15 más, se agarran tranquilos todos los días llanos, Pogacar, Vingegaard, Remco, Ayuso, Seixas… Todos los que se cuidan pensando en las etapas importantes, las de las montañas que regresan, han pactado apartarse de la circulación, quedarse detrás juntos los últimos seis o siete kilómetros, espectadores de las locuras de lobos y sprinters, y su cabeza da vueltas al fin de semana, qué me pongo, qué hago, qué party organizo, con quién bailo. En los dos días de los Vosgos y en el Plateau de Salaison junto a Grenoble, Vingegaard, peleando por ser segundo, intentará quedarse con Pogacar, lo que aún no ha conseguido en todo el Tour, mientras que los jóvenes al acecho, proseguirán su tarea de acoso y desgaste al danés. Pogacar elegirá la música y bailará solo. No sabía que en el Balón de Alsacia, el primer puerto que subió el Tour, en 1905, y el que pasó primero se suicidó dos años después, y la subida en la que Eddy Merckx, caído Ocaña, mandíbula fracturada, unos metros antes, logró el primer maillot amarillo de su colección de 111. Tampoco le importó mucho saberlo. “Ah, un dato más”, dijo, desdeñoso, sin más, cuando se le preguntó si el significado histórico del lugar le daba ideas para el viernes. “Será un día de supervivencia, pero el día más importante es el sábado, con la subida al Haag, junto al Markstein [allí ganó hace tres años el último Tour que perdió con Vingegaard]”, añadió. “He hecho el reconocimiento y es una zona realmente preciosa. Estuve allí con Isaac. Hicimos un buen entrenamiento juntos y lo disfrutamos mucho. Era un lugar tranquilo con un paisaje precioso, con subidas y bajadas de lo más bonitas. Me encanta esta zona. Si creces allí como ciclista, creo que tienes que ser un buen ciclista, porque es una pasada rodar por ahí”.
Tercer ‘sprint’ victorioso de Tim Merlier en el Tour de Francia
Victoria del belga en Chalon, donde Pogacar y los favoritos se reservan para un fin de semana durísimo en Vosgos y Alpes













