TOUR DE FRANCIAETAPA 7
El pelotón asume y acepta el golpe dado por Pogacar en el Tourmalet: adjudicado el gran premio, toca buscarse objetivos menores
Entre power points, presentaciones en pantallas, análisis de excels, consultas a las IA que inventan la historia al gusto de quienes las solicitan, directores con anteojeras al volante, y caprichos, nadie del Tour recuerda a los viejos en Hagetmau, entre las Landas de Darrigade y el Armagnac de Ocaña, a tiro de piedra de Mont de Marsan donde acogedor Cescutti asilaba refugiados. Una plaza de toros —la puerta llamada Joselito, justo detrás del podio de firmas— y ni siquiera una referencia a Indurain, quien como Pogacar dejaba sonado al Tour con una exhibición, y a los rivales buscando recompensas en otros objetivos menores, etapas, podios, lunares, lo que sea, quedaran una dos o tres semanas de carrera, y aún solo se ha pasado un aperitivo con un Madiran ligerito y queda la grande bouffe de los grandes platos alpinos, tan indigestas sus salsas, tanta grasa.
Calima, humedad, casi 40 grados irrespirables. Una media de casi 47 kilómetros por hora normalita para esta década. Cuatro kilómetros clavados, desde el puente de Simone Veil adorada, la recta de la 82ª llegada en la que la pareja Van der Poel-Philipsen, terrible antaño, se deshace en los últimos metros para permitir que Tim Merlier, el rubito belga que sería el yerno de Frank Vandenbroucke y que sabe lo que es ganar etapas rápidas (50 por hora, la segunda de la historia, la media de la del año pasado en Châteauroux), se toque los por delante de todos los imaginarios galones de sus hombros.














