Todos sabemos que la transición fue fruto de una transición donde no fue posible el derrocamiento del régimen franquista, sino el compromiso de los sectores más aperturistas del régimen con el conjunto de las fuerzas de la oposición, muy especialmente reflejada en la legalización imprescindible del PCE y de CCOO los más firmes adversarios con capacidad de movilización en la oposición.
Esta transición sin ruptura clara entre el régimen dictatorial a la conformación de una democracia consolidada fue formalmente impecable, pero se dejó muchos elementos sin resolver. La superestructura política se transformó rápidamente en la propia de un sistema democrático, y los residuos políticos del franquismo se vieron reducidos a la presencia de un reducido grupo parlamentario de Alianza Popular con Manuel Fraga a la cabeza.
En la actualidad podíamos incluir como más influyentes a los medios de comunicación, los grupos de presión económicos y últimamente las redes sociales
Sin embargo, la transición no se hizo sin traumas ni coletazos del antiguo régimen. El intento de golpe de Estado del 23 F fue el episodio más claro de esos intentos involutivos. Evidentemente el Ejército era uno de los principales componentes del “aparato represivo” que se conservaba del régimen franquista. Con el advenimiento del Gobierno del PSOE y con Felipe González como jefe del ejecutivo y Narcís Serra como ministro del ejército se inició una sutil maniobra para regenerar el ejército. No hay duda de que la maniobra pasó por la entrada de España en la OTAN y a su sombra el proceso de cambio de la cúpula del ejército de los cargos más sensibles, con el paso a la reserva de los militares más recalcitrantes. La maniobra salió lo suficientemente bien y el ejercito integrado en la organización internacional cambió y se modernizó de forma importante. En este sentido cabe destacar que un alto mando del ejército como un Jefe del Estado Mayor de la Defensa como fue el General Julio Rodríguez se convirtió en militante de Podemos.







