Hubo y hay una extrema derecha que no quiere entender la obligada neutralidad de la institución en democracia
De todos los documentos desclasificados sobre el golpe de Estado del 23-F hay uno conmovedor a la luz de la historia. Se trata de un breve informe sobre cómo respiraba el Partido Comunista de Santiago Carrillo tras la asonada militar que pretendió truncar el incipiente proceso democrático. En él se destaca que los comunistas estaban preocupados por el
Documents/2026/desclasificacion-documentos-23F/interior/policia/11-05-81_NOTA_INFORMATIVA_SOBRE_EL_PCE.pdf" target="_blank" rel="noreferrer" title="https://www.lamoncloa.gob.es/consejodeministros/Documents/2026/desclasificacion-documentos-23F/interior/policia/11-05-81_NOTA_INFORMATIVA_SOBRE_EL_PCE.pdf" data-link-track-dtm=""> intento de la extrema derecha de “implicar a la Monarquía” en la conjura y “destrozarla como institución democrática” mediante “el mercado negro del rumor”. Su lectura, 45 años después, recuerda hasta qué punto el espíritu de la Transición se cimentó sobre la renuncia colectiva a reabrir viejas trincheras y la voluntad de construir un proyecto compartido.
Aquella España, que selló primero los Pactos de La Moncloa para dar estabilidad económica a un país sacudido por la incertidumbre y posteriormente acordó una Constitución inclusiva, alcanzó consensos inéditos en su historia contemporánea. El fracaso del golpe aceleró el convencimiento de que los cuerpos de seguridad del Estado y las Fuerzas Armadas, aún permeadas por el franquismo, debían estar subordinadas al poder civil y poner fin así a un triste pasado de pronunciamientos.









