El día 10, las Cortes designadas por Franco habían mandado al garete la tímida reforma del Código Civil auspiciada por el ministro Manuel Fraga para despenalizar la pertenencia a un partido político. Con esa votación los procuradores dejaron bien claro que ellos, los herederos designados por el Generalísimo eran quienes aún tenían bien asido el timón y que el barco enfilaría hacia donde ellos lo guiaran. La tarde del día anterior ETA había asesinado a Luis Carlos Albo, jefe del Movimiento Nacional en Basauri. Así que ese día, José Antonio Girón de Velasco, el vejo León de Fuengirola, utilizó su oratoria más encendida en el pleno para exprimir el impacto político y emocional del asesinato, así logró convencer a gran parte de los procuradores franquistas para que votaran contra esos cambios tan limitados. El impecable diseño que Fraga había hecho de la transición, de regla y cartabón, quedó completamente desarbolado.

La oposición política y social, con CCOO y el PCE a la cabeza, no cejaba de presionar en la calle exigiendo una pronta llegada de la democracia y las libertades

En la primavera de 1976 el régimen había respondido con violenta saña contra las ansias de libertad del pueblo, reforzando así las posiciones de los sectores más contrarios al cambio políticos, parecía que el proceso de transición estaba descarrilando. A ello se dedicaban con ahínco un amplio grupo de conspiradores ultras comandados por Girón de Velasco, y entre los que tenían un papel protagonista Carlos Iniesta Cano, Blas Piñar y Raimundo Fernández-Cuesta. Esperaban un golpe definitivo, el general Fernando de Santiago, vicepresidente primero para Asuntos de la Defensa, iba a escribir una dura carta al Rey exigiendo la destitución fulminante de Arias Navarro. Un pelele, pensaban, que estaba en manos de la oposición y era incapaz de hacer frente a los comunistas. Pero las cosas no iban a suceder según el libreto de los conjurados.