El anhelo por mejorar las condiciones materiales de vida se convirtió en un factor democratizador de primer orden tras la muerte de Franco
El final de la dictadura sólo se entiende desde una perspectiva multicausal, pero hay un hilo rojo que atraviesa aquel tiempo: el movimiento obrero organizado y clandestino y el impulso cívico que implicó. De hecho, las movilizaciones de hace medio siglo respondían a causas laborales, pero también a una profunda pulsión democratizadora.
v=Aqh9di1Wj0o" data-link-track-dtm=""> Se convocaron huelgas y manifestaciones por la mejora de salarios y condiciones de trabajo, a favor de unas elecciones libres, por la legalización de partidos y sindicatos, y por las libertades democráticas más básicas. Como suele subrayar Nicolás Sartorius, entonces dirigente de CC OO, el movimiento obrero y las capas medias representadas por los estudiantes universitarios fueron punta de lanza y motor de las grandes movilizaciones sociales que permitieron conquistar la democracia.
Esta intensidad movilizadora al final de la dictadura franquista organizada por los sindicatos ilegales, fundamentalmente Comisiones Obreras, fue uno de los acontecimientos centrales que explican el proceso. El 5 de enero de 1976 los trabajadores del Metro de Madrid se declararon en huelga para reivindicar un incremento de sus salarios y para reducir la jornada semanal de 44 a 40 horas. El atemorizado Gobierno de Arias Navarro decretó al día siguiente la militarización de Renfe y Correos para impedir una escalada de la movilización obrera, se amenazó a los trabajadores con ser juzgados por un Consejo de Guerra y el Metro fue militarizado el 10 de enero. Con esta acción se inició una intensa oleada de huelgas, aunque algunos conflictos ya habían brotado pocos días después de la muerte de Franco. Entre ellas destacan las grandes movilizaciones en Telefónica y en empresas como Chrysler, Standard-ITT o Intelsa, en las que participaron unas 200.000 personas en un ambiente de movilización generalizada.






