La represión policial no podía contener las huelgas, las manifestaciones, las proclamas de los partidos, clandestinos aún, pero presentes en las calles
Solo recuerdo otras semanas de mi vida políticamente tan excitantes como las de noviembre de 1975: las del mayo del 1968 en París. En los dos casos, de pronto, sociedades estáticas y acartonadas, que ya no correspondían para nada a las expectativas de los jóvenes, parecían desmoronarse, caer en pedazos, exhaustas y decadentes, para dejar paso a una construcción nueva, a la imaginación y a la creatividad de unas generaciones que ya no se identificaban en absoluto con el marco en el que habían crecido. Momentos en los que todo pareció posible....
Pero el paralelismo acaba aquí. París había sido el bullicio, la discusión exaltada en las calles, en la Sorbona ocupada, las manifestaciones sin fin. Por el contrario, España entera callaba, expectante, en los primeros días de noviembre; una espera tensa, puntuada por los horribles “partes médicos habituales” en los que se detallaban los avances en el deterioro físico de Franco, en un final que no acababa de llegar. Y que, después de tantos años de aguardarlo, parecía una pesadilla que tal vez nunca iba a finalizar. Las botellas de champán —así se llamaba entonces al cava—, esperaban en las neveras desde octubre. ¿Cuándo, por fin, iba a saltar el tapón?






