El 28 de enero de 2011 ardieron 90 comisarías en El Cairo. La policía se rindió ante una multitud de manifestantes nunca vista. Los insurgentes acabaron acampando en la plaza de Tahir. En aquel momento, los revolucionarios podrían haber tomado cualquier lugar, escribe el periodista estadounidense Vincent Bevins en Si ardemos. La década de las revueltas masivas y la revolución que no fue (Capitán Swing, 2025). “¿No habría tenido más sentido atacar los centros de poder y hacerse con el control? ¿Qué habría pasado si hubiera habido una revolución completa en Egipto? Todo estaba listo para ser tomado”, argumenta Bevins.
El periodista reconoce el valor de la “política prefigurativa” de las acampadas que, replicando a Tahir, se expandieron por plazas de todo el planeta. El micromundo sin jerarquías de aquellas acampadas se erguía como una demanda en sí misma. Sin embargo, Si ardemos —que Bevins escribió tras haber cubierto revueltas en Turquía, Ucrania, Egipto, Brasil, Chile, Indonesia o Hong Kong— enuncia una tesis: aquellas protestas horadaron las estructuras y crearon vacíos políticos ocupados después por la extrema derecha. “Las protestas masivas estructuradas de manera horizontal, coordinadas digitalmente y sin líderes son en lo fundamental ilegibles. Las organizaciones son efectivas y la representación es importante”, concluye el autor. Pero ¿se puede afirmar que la oleada de protestas de la década pasada fracasó? ¿Cuáles eran sus principales ideas?






