Como en las peligrosas horas del 23-F, el futuro está en manos de gente sin principios, y los europeos deben alzarse en defensa de aquello en lo que creemos
Cuando todavía no estaba claro el desenlace del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, EL PAÍS sacó a la calle una edición en defensa de la Constitución española. Sus periodistas demostraron
el-23-f.html" data-link-track-dtm="">cómo hay que actuar cuando la historia, de pronto, da un giro a peor. Mientras otros políticos y medios de comunicación guardaban silencio, EL PAÍS alzó la voz. Y esa voz del periódico contribuyó a que el golpe fracasara y a estabilizar la democracia de la que España disfruta hasta el día de hoy.
Cincuenta años después, vuelve a parecer que la historia está adquiriendo un tono más siniestro, y la rapidez de la desintegración tiene paralizada la voluntad de actuar de Europa. Ha entrado en su quinto año una guerra sangrienta en el propio continente europeo. La población de Gaza vive atrapada entre los pistoleros de Hamás y los israelíes. También están atrapados los iraníes, entre los bombardeos de Estados Unidos e Israel y un régimen aborrecible que sobrevive a base de chantajear al mundo con el suministro energético.






