La del 23-F es una historia protagonizada y narrada por hombres, hombres en despachos poco ventilados, de los que dependía la continuidad de la recién estrenada democracia
Llegó la noche del 23 de febrero de este 2026 y en la tele pública nos mostraron las portadas de los principales periódicos. Virgen Santa, qué unanimidad. Era como si por segunda vez en la historia pudiéramos respirar tranquilos dado que se nos aseguraba que
-de-los-documentos-secretos-del-23-f.html" target="_blank" rel="noreferrer" title="https://elpais.com/espana/2026-02-26/la-figura-de-juan-carlos-i-supera-la-prueba-de-los-documentos-secretos-del-23-f.html" data-link-track-dtm="">la actuación del rey Juan Carlos había sido intachable. Era una unanimidad impuesta por una serie de pruebas irrefutables que nos negaban el espacio a la duda, porque las dudas eran los recelos de esos aguafiestas que nunca están contentos con nada, las dudas eran conspiranoicas. Algunos periodistas e historiadores que levantaron la patita para esgrimir alguna duda razonable fueron mandados con cariño a la cama, como los niños, porque para una vez en la vida que nuestro territorio patrio es atravesado por la estrella de la unanimidad habrá que dejar que brille. Pero, ay, amiga, al cabo de unas horas, cuando el amanecer rompió esa nueva noche de los tiempos, comenzamos a mostrar lo que puede hacer un español con la unanimidad.








