‘El color del dinero’ cumple 40 años convertida en un clásico de los ochenta y en el digno ejemplo de cómo cuando parece que va a salir todo mal, sale muy bien
A mediados de la década de 1980, Martin Scorsese estaba empezando a asimilar una dura lección. La industria había cambiado. Quedaban atrás los días del Nuevo Hollywood y su estridente revolución cinematográfica. Los grandes estudios ya no estaban tan dispuestos a dar carta blanca a la generación de cineastas rebeldes que, como el propio Scorsese, había irrumpido 15 años antes para cambiar las reglas del negocio.
La utopía de un cine comercial de autor, valiente y libérrimo, empezaba a disiparse. Coppola había perdido pie, a Friedkin, Cimino, Milius o Bogdanovich se les consideraba poco menos que veneno para la taquilla. Él mismo había visto, en 1983, como se cancelaba, tras dos años de desarrollo, uno de sus proyectos más ambiciosos, La última tentación de Cristo, una versión canalla y heterodoxa del relato evangélico.
En tan triste coyuntura, Scorsese compartió con su buen amigo Hal Ashby, otra luminaria en horas bajas, que solo vislumbraba una estrategia de supervivencia posible: había que recuperar la vieja receta del Orson Welles decadente y resignarse a hacer “una para nosotros y otra para ellos”. Es decir, por cada película más bien barata, personal y artísticamente ambiciosa, había que hacer otra industrial, de encargo y con un alto presupuesto.








