Ocurrió hace cincuenta años. En una cinematografía que muchos de los que juramos eso tan cursi como veraz de amar el cine consideramos como la mejor que ha existido nunca. Hablo del cine norteamericano. Antes se le denominaba así. Ahora hay que aclarar que se trata del cine estadounidense. No solo lo realizaron directores nativos. También insignes directores europeos, a los que allí ofrecieron múltiples medios para expresar su talento. Y los inversores y productores siempre tuvieron abrumadoramente claro que el principal objetivo de su negocio era ganar dinero, inventarse fórmulas para reventar las taquillas o repetir temáticas, esquemas, estados emocionales, morales o pseudomoralistas que no fallan casi nunca. También espectáculo y creación de estrellas. ¿Y riesgos? Los mínimos.A la vez hubo sorpresas memorables en la forma de concebir negocio y arte durante los años setenta. Resultó que al principio de la década un tal Francis Ford Coppola logra con las magistrales primera y segunda parte de El padrino combinar el mejor arte con la evidencia de que casi nadie —no ya en Estados Unidos, sino en cualquier parte del mundo— quiere perderse estas películas que llevan el sello del mejor clasicismo. Esto facilitará que la gran industria se plantee que el riesgo puede ir acompañado del triunfo financiero. Y ahora se cumplen cincuenta años del estreno de tres películas que funcionaron muy bien huyendo de lo convencional, abordando temáticas que hablaban de lo que ocurría en ese país. A nivel callejero, político y en el mundo de la televisión. Fueron Taxi Driver, Todos los hombres del presidente y Network, un mundo implacable. Las reviso con frecuencia y nunca flaquean. Lo que narran y la forma de contarlo siguen interesando después de cinco décadas. Y, por supuesto, sigue dando miedo. Inspira desasosiego, piedad y terror el enloquecido taxista Travis Bickle, representante paranoico y desesperado de la soledad urbana, recorriendo en estado insomne con su coche las noches de Nueva York, queriendo ejercer de terrorista sin causa, acribillando a un aspirante a la Presidencia, y de justiciero social exterminando a la banda de chulos que rodea a una niña de doce años que ejerce de puta en los sitios más chungos. Y la opinión pública lo reconoce como un héroe. No, todo es producto de sentirse más solo que la una. Y de que eso puede crear monstruos, lo de intentar suicidarse cargándose a la escoria. Martin Scorsese, con la ayuda del complejo, violento y sombrío guion de Paul Schrader, consiguió su primera obra maestra. Después vendrían unas cuantas más.En 1976 también se estrenó Todos los hombres del presidente. Modélica reconstrucción de la investigación de dos periodistas sobre la corrupción y la sordidez de un poder acaudillado por el tramposo y mentiroso Richard Nixon, que desembocó en el caso Watergate. Alan J. Pakula, que no está entre mis directores favoritos, desarrolló modélicamente el guion de William Goldman. Y Redford y Hoffman interpretaban brillantemente, con credibilidad y carisma, a los dos periodistas que se atrevieron a investigar la mierda del casi siempre invulnerable poder.Y tenemos que hablar de otro guionista ilustre, Paddy Chayefsky, describiendo la artera metodología de la televisión para lograr clientela masiva en Network, un mundo implacable, dirigida por alguien tan inteligente como Sidney Lumet, el hombre que mejor ha retratado las calles de Nueva York. Un presentador iluminado de televisión anuncia que se va a suicidar en directo. Imaginen el morbo de los espectadores y las ganancias que imaginan los grandes ejecutivos de la cadena. 1976 fue un año venturoso para el cine estadounidense. Y les abrió la puerta a directores que tenían algo que contar y talento para expresarlo.