No era muy complicado predecir que el gran momento de Pierpaolo Piccioli en Balenciaga llegaría con el primer desfile de alta costura para la casa de origen español. A fin de cuentas buena parte de su brillantez durante su etapa en Valentino vino no solo de sus desfiles de costura, sino de esos desfiles de costura en los que se veía la influencia de Cristóbal Balenciaga. Ahora, que trabaja para la casa de su gran héroe, el reto estaba ahí pero el romano ha sabido superarlo con solvencia. Tras dos colecciones de prêt à porter difusas en las que Piccioli no ha terminado de encontrar su sitio (no es nada fácil hacerlo si tu predecesor es Demna, que cambió las reglas del juego), en su debut en la costura ha hecho precisamente lo que mejor sabe hacer: jugar con los volúmenes, contrastar rigidez y ligereza y dejar, como hacía el diseñador vasco, que el cuerpo vestido se mueva libre. Piccioli lo llama los “principios Balenciaga”. Y a ellos se suma su increíble talento para los colores. En casi cada salida se podían rastrear las referencias al diseñador vasco (ha decidido referenciar sus hitos más famosos y conocidos por el gran público) y también algunas de las referencias a Cristóbal que ya utilizaba en Valentino. Eso no desmerece su trabajo porque, por mucho que ciertos aficionados a la moda se empeñen en opinar lo contrario, un diseñador debería hacer lo que mejor sabe hacer y respetar su propio enfoque en la casa que sea, incluso a veces por encima de aquello que llaman “legado” y que a veces se honra más y mejor cuanto menos se respeta de forma literal.Piccioli contaba en una entrevista reciente en S Moda que no quería recuperar sino los valores. Lo cierto es que sus predecesores, Ghésquière y Demna, ya hicieron lo propio a su manera, y ambos desde el gran valor del diseñador de Guetaria: el rigor. A Piccioli le falta rigor y lo sobra humanidad, en el fondo y en la forma... Volvió, como es habitual, a sacar con él a su equipo al final del desfile, y muchos de esos rostros los subía Balenciaga a su perfil de Instagram días antes. La humanidad también se siente en la silueta, holgada y de colores vibrantes, con piezas de seda a menudo combinadas con camisetas blancas o pantalones fluidos de pinzas. “Prefiero poner en cuestión la silueta antes que el cuerpo”, cuenta Duran Lantnik en las notas explicativas de su primer desfile de costura para Jean Paul Gaultier. Tras cinco años haciendo desfiles en colaboración con varios diseñadores que ponían en diálogo su identidad creativa con el archivo del diseñador. La palabra “refrescante” se escuchaba entre los invitados al salir del desfile. Si Pierpaolo dotaba de humanidad y elementos de la belleza más clásica y tradicional su debut, Lantnik recurría a uno de los grandes clichés de la moda, María Antonieta y el XVIII francés, para crear esculturas propias que trascienden al cuerpo y que, por supuesto, no buscan favorecer en el sentido tradicional de la palabra. El polisón se transformaba en una especie de estructura trasera más propia de un caballo, los pantalones pirata se combinaban con jubones de denim. Y todo el imaginario de Gaultier dialogaba con la identidad creativa que hizo que Lantink, con su marca homónima y sin apoyo de ningún gran grupo detrás, se convirtiera en uno de los pocos diseñadores de culto recientes: los míticos corsés parecían piezas de lego, la corsetería se hinchaba y serpenteaba por el cuerpo y los torsos, como ya ocurrió en su última colección con su marca propia, se convertían en armazones deformados dando a entender que el cuerpo no debería ser canónico y univoco. Efectivamente, es refrescante que Puig, dueña de Gaultier, se haya decantado por alguien como Lantnik para tomar las riendas de una de las casas de costura más famosas del mundo. Sobre todo en un momento en el que la costura, quién nos lo iba a decir, tira más por lo realista que por lo conceptual. Chanel, Balenciaga y Armani son buena muestra de ello. Esta última, ahora comandada por la sobrina del fundador, Silvana Armani, ofrecía una demostración magistral de prendas listas para poblar las próximas alfombras rojas pero despojadas de los eternos clichés del negocio: pantalones, muchos, escotes arquitectónicos y hasta un guiño a lo casual con jerséis de lentejuelas anudados en piezas palabra de honor. En cualquier caso, si Lantnik es refrescante y necesario es porque, en una temporada en la que hay más clientes de alta costura que nunca (porque hay más milmillonarios que nunca) y los tornas giran hacia vestidos llevables para el uno por ciento, es importante recordar que este oficio, pensado para que las marcas demuestren lo que pueden y saben hacer, también debe ser un reducto de la cultura y hasta del posicionamiento social, por muy implícito que este sea. La costura se vende pero debería ser más que un mero producto, porque la moda es mucho más que ropa.
El giro realista de la alta costura y su necesidad de volver a ser un laboratorio de ideas
En su debut en la costura, Piccioli hace lo que mejor sabe hacer: jugar con los volúmenes, contrastar rigidez y ligereza y dejar, como hacía Balenciaga, que el cuerpo vestido se mueva libre











