Pierpaolo Piccioli llega a Balenciaga con el peso de una herencia doble: la de la maison que fundó buena parte del vocabulario de la alta moda del siglo XX y la de veinte años construyendo uno de los capítulos más amados y discutidos de la couture contemporánea en Valentino.

Su debut, presentado en los jardines de la Cité internationale universitaire de París, no busca imponerse, sino algo más difícil y más honesto: establecer un diálogo entre dos sensibilidades que se reconocen sin anularse.

El debut de Pierpaolo Piccioli en la primera colección de Haute Couture bajo su dirección creativa para Balenciaga habla en voz baja. No por falta de ambición, sino por exceso de conciencia. Piccioli sabe exactamente dónde está parado. Sabe lo que significa el nombre que lleva a la pasarela. Y sabe, sobre todo, que la única manera de honrar a Cristóbal Balenciaga no es imitarlo, sino comprenderlo lo suficiente como para poder completarlo y actualizarlo.

La Cité internationale universitaire y su pasarela circular son ya una declaración: no el Grand Palais, no una locación pensada para dominar los feeds, sino el contexto justo para una colección que no tiene nada que demostrar en términos de escenografía porque tiene mucho para decir en términos de propuesta.