El mundial de fútbol ha puesto en evidencia lo que estaba oculto entre las teorías de la sociología, y algo que la política manipula sin pausa ni recato: la identidad, la identificación de la gente con su territorio, su cultura, sus símbolos, su idioma y sus acentos. Los himnos, las banderas y las arengas destaparon lo que estaba confundido entre la globalización, las teorías del enriquecimiento ilimitado, las desmesuras de los dueños y señores de la tecnología, y entre las tesis de que la gente había dejado de ser gente, y que empezaba a ser un código, un ser necesario como consumidor, pero irrelevante como persona.Cuando escucho el himno coreado con emoción y veo la bandera flameando en un estadio, sobre miles de cabezas de compatriotas y extranjeros, confirmo que en el mundo complejo y atormentado de este siglo ha sobrevivido el sentido nacional, no el que inspira los excesos de la política y el odio a los extranjeros, sino el otro, el que alienta la necesidad de tener origen, entender la historia, alimentar un sentimiento, y la idea, cada vez más clara, de que los Estados no son solo dimensiones del poder ni argumentos para dominar; que deben ser, además, la expresión de un sitio, la idea de que lo importante es la gente de cada país. Y me conmuevo con el testimonio de los migrantes que se niegan a disolverse, y que tan pronto escuchan una canción despiertan a la nostalgia de la tierra, a la memoria que nos afianza en la querencia, al recuerdo de un sitio, a la evocación de un acento, al recuerdo de unos viejos, de un vecindario y de un paisaje.Los ecuatorianos dieron ejemplo de todo aquello cuando, entre la hostilidad de los hinchas de un estadio, cantaron el himno nacional e hicieron homenaje a su tierra. Noruega ha dado ejemplar testimonio de sus ancestros vikingos y ha logrado convertir la imagen y las voces de los remeros de sus botes en himno, en acento que llega al mundo, en afirmación que convoca a explorar su memoria, a saber de sus rutas y descubrimientos, y a conocer de los bríos de un pueblo inquebrantable, que en estos tiempos de disolución nos ha recordado que más allá de los imperios y lejos de las guerras modernas está el navegante, el descubridor, el que atiende a los golpes de un tambor para remar hacia un destino, y que sobre las historias que se reescriben y se tuercen está el sentido de país, el nexo espiritual que hace posible que el noruego sea noruego y el ecuatoriano sea ecuatoriano en cualquier parte donde viva.Los episodios del mundial, más allá de la pasión deportiva y del espectáculo, y lejos de sus errores y aciertos, ponen en evidencia que los pueblos, como las personas, tienen dignidad y que esa condición obliga. Y que si algo ha hecho la selección de cada país es recordarnos que sobre las razas, las ideologías, la riqueza y la pobreza están dos conceptos olvidados: el respeto a las diferencias y la nobleza en la conducta. (O)