La conversación pública (en el mejor de los casos) y el barullo digital ensordecedor (en el peor) a una semana de la derrota argentina en el campo de juego global siguen activos. Probablemente el mundial como hecho deportivo amerite múltiples y divergentes explicaciones técnicas y tácticas que no alcanzarán las tribunas del balón clásicas para dirimir, como bien se sabe casi cada argentino se precia de ser el mejor de los DT. Pero mientras éstas ocurren y ocurrirán, toman vuelo otras explicaciones y argumentos que no anulan su objeto principal –la competencia futbolística que consiste en meter goles con los pies de manera más o menos atractiva y/o eficiente en el arco contrario- sino subrayan las dimensiones culturales, políticas y económicas del evento. La atención no quedó centrada únicamente en el resultado final, ni en el proceso tan espléndido como “infartante” que demostró nuestra selección durante todo el camino. Es un evento cultural en la medida que en ese campo y sus periferias se producen sentidos acerca de quién es el otro y por contrapartida, uno mismo, y no solo eso, quiénes son los nacionales y los otros, las más de las veces como si fuera posible hablar de una, con mayúscula, identidad nacional homogénea y no varias, con fisuras, contradicciones, puntos en común (también) y ropajes diferentes, incluso, fluctuantes según clase social. Pareciera ser que si hablamos de fútbol eso no es posible y que los tabiques nacionales se hacen menos porosos. Nos gustaría recordar al gran historiador, Eric Hobsbawm, que señalaba que en las actuales condiciones de globalidad, la identidad cultural colectiva en muchas ocasiones se parece más a una camisa que a una piel. Aunque también sabemos del peso que se le otorga a la piel cuando lo que se busca es denigrar y anular al otro, ontologizan en la piel las diferencias identitarias. Las tribunas de ninguna parte del mundo pueden sacar chapa de impolutas en estas lides como tampoco creemos que se trate de confeccionar un ranking de países o continentes (¡) que estarían primeros en la lista. Y aunque los datos históricos son harto conocidos y pueden ofrecer evidencias (¿engañosas?), siempre será posible detectar una cuota de racismo con nuestro “otro” más cercano o interno. El Mundial ha sido profundamente cultural cuando en esas arenas se puso en juego, y como nos lo recuerda Canclini, una dramatización eufemizada de nuestros grandes conflictos sociales. Qué otra cosa fue sino esa gran e inolvidable performance política pospitido final de un trapo artesanal con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” para que lo viera el mundo, mucha más diplomacia en un segundo que la realizada en los últimos años por toda la Argentina y la ONU entera. Y es política porque revela una voluntad de poder, un posicionamiento sobre un orden que se considera no legítimo.