Como acaba de recordarnos la edición más reciente del Mundial, hoy en día el fútbol es el opio favorito de los pueblos. Fortalecido cada vez más por los medios de difusión electrónicos y por una plétora de negocios chicos y grandes que lo aprovechan, el “juego bonito” es una droga sumamente poderosa que abre los portales de la mente a un universo paralelo que es muy distinto de la versión chata en que, bien que mal, nos ha tocado vivir, uno en que, entre otras cosas, la Argentina es una gran potencia capaz de imponerse a todos los demás países. Por seis semanas, buena parte de la población recibió dosis fuertes del estupefaciente que le permitió alejarse por un rato de las banalidades molestas de la vida cotidiana y trasladarse anímicamente a una dimensión más emocionante y menos problemática.¿A qué se debe el poder magnético del Mundial? Incidió mucho el deseo instintivo de tantas personas de fusionarse con una multitud nacional presuntamente representativa que, en la Argentina, crecía día a día merced a los triunfos agónicos de la selección y que, si bien le eludió el triunfo final, hizo una muy buena campaña. El entusiasmo colectivo, no sólo popular sino generalizado, ya que escaseaban los reacios a dejarse conmover por lo que sucedía a su alrededor, se vería intensificado por los esfuerzos vigorosos de los medios, tanto los tradicionales como los novedosos, por estimularlo. Lo harían no sólo por motivos comerciales sino también porque ni sus directivos ni sus empleados podían resistirse al canto de sirena de la muchedumbre.
Fútbol, pasión de multitudes y multimillonarios
El certamen significó para la Argentina un breve momento de empoderamiento frente a las principales potencias del mundo. La polémica por Malvinas.















