El fenómeno se repite cada cuatro años. Cada vez que se juega un Mundial de fútbol, durante algunas semanas eternas el país cae en un estado de hipnosis colectiva que lo hace olvidarse de sus problemas para solo concentrarse en el correr de la pelota y en cómo un conjunto de hombres elevados a la categoría de semidioses intentan vengar en el campo de juego todas las injusticias que el argentino promedio sufre en su vida cotidiana. Así, durante esas semanas de sueño y amnesia se suceden supuestas hazañas, banderas reinvidicativas como aquella de Malvinas contra los ingleses, raptos de euforia que nos hacen sentir los mejores del mundo por lo menos en ese terreno de once contra once y con la leyenda de Messi de nuestro lado.
Pero, al final del camino, el hechizo se rompe, el Mundial concluye y asoma la dura vuelta a la realidad, esa que incluso los políticos intentaron olvidar mientras se subían a los goles de la Scaloneta. El hecho de que la Selección se haya negado a una foto festiva con sus gobernantes habla de cómo los jugadores perciben lo que el poder busca de ellos, abrazarlos para que el efecto anestésico se prolongue y no irrumpan los dolores de cabeza del día a día. Porque, finalizado el Mundial, lo que vuelve a dominar la agenda es una economía que sigue sin poder reactivarse, un gobierno que en medio de la competencia lanzó su reelección y una oposición tan vacía de ideas que no logra capitalizar las debilidades del oficialismo.















