Hace algunos meses, el Gobierno anunció una regularización extraordinaria y el PP salió a responder con la torpeza a la que nos tienen acostumbrados algunos de sus portavoces. La izquierda, engorilada, viendo trastabillear a la derecha y creyendo estar en posesión de la verdad, salió en tromba a defender las bondades de la medida: los inmigrantes son riqueza para un país, especialmente para el nuestro, que necesita importar trabajadores para pagar las pensiones. Todo lo que ha crecido el PIB en los últimos años ha sido gracias al aumento de población y España, además, es un país solidario, acogedor, que se da cuenta de la fortuna que tenemos y recuerda los tiempos en los que también a los españoles les tocó emigrar.

Todo verdad. Todo cierto. Todo justo y moralmente intachable. Y sin embargo, pocas semanas después, la primera encuesta sobre el tema traía señales de alarma: a pesar de que el tema migratorio había sido en los años anteriores un terreno propicio para la izquierda, en esta ocasión “la derecha estaba ganando el debate”. El 60% de la ciudadanía con nacionalidad española considera que hay demasiados inmigrantes en el país y solo el 37,6% aprueba la regularización extraordinaria impulsada por el Gobierno.