La narrativa en boga sostiene que hay dos crisis seguras acercándose peligrosamente. La primera de ellas da por hecho un cambio de Gobierno por la formidable inestabilidad política, combinada con los escándalos alrededor de Pedro Sánchez. Es curioso, España crece el doble que el resto de Occidente —¿no era la economía, estúpido?—, y para inestabilidad ahí está Francia, con sus ocho primeros ministros en ocho años, o Reino Unido, con seis en seis años, o Alemania, con una crisis de modelo que asusta. Y es curioso: hay algunos casos de corrupción con fuste, aunque también hemos tenido el del fiscal general del Estado, una vergüenza que obliga a pensar en una fea enfermedad llamada lawfare, y los protagonizados por un puñado de jueces. Demuestran que la justicia, o al menos ciertos sectores de la judicatura, no es ciega sino tuerta (del ojo derecho), tiene un serio problema con el sintagma doble rasero y baila, de la mano de algún que otro instituto armado, al son de la melodiosa frase “el que pueda hacer, que haga”, de aquel expresidente que mintió como un bellaco con Irak y el 11-M.Tenía la tentación, en fin, de escribir sobre la ruidosa crisis política española, que se va decantando hacia un rincón oscuro: el meollo del asunto ya no es que las elecciones se adelanten unos meses, sino que Sánchez no pueda llegar a presentarse. Así lo ha sugerido en estas páginas un expresidente del Constitucional (con credenciales progresistas) que se saca de la manga un procedimiento, el impeachment, que no aparece en la sacrosanta Constitución. Pero de repente me he acordado de una anécdota de Niels Bohr, y del maestro Joaquín Estefanía, propietario de esta columna, y he decidido no meterme en ese mar de los sargazos y hablar de lo único seguro en esta vida: la muerte, los impuestos y, tachán, la próxima crisis financiera. Dicen que Bohr, uno de los padres de la física moderna, tenía una herradura en su puerta —símbolo universal de la buena suerte— para provocar a sus visitas. Lo habitual era que le dijeran que no creían en supersticiones; cuando eso ocurría, la respuesta de Bohr era automática: “Yo tampoco lo creo. La tengo ahí porque me han dicho que funciona aunque uno no crea en ello”. Y exactamente así es como opera la ideología en nuestra era del cinismo: no tenemos que creer en ella, pero siempre está presente. Con Reagan y Thatcher, el mundo se metió en una espiral neocon, que se tradujo en una era de hiperglobalización y en una fiera desregulación del sistema financiero. Durante 40 años se fueron hinchando burbujas, pero los banqueros centrales se las ingeniaron para mantener en pie el castillo de naipes. Hasta Lehman Brothers: ahí estalló la Gran Recesión, que es la gran fuente del resentimiento en Occidente. Las grandes sacudidas obligan a mutar al sistema, pero tras la Gran Crisis la herradura seguía colgada en la puerta. Hubo alguna vuelta de tuerca en la regulación bancaria, con requerimientos de capital más exigentes. Pero los banqueros aseguran hoy que nos hemos pasado de largo con la normativa (“El tejado que protege de la lluvia también tapa el sol”, decía el escritor francés André Gide), por mucho que los Estados de todo el mundo gastaran miles de millones en salvarlos cuando se iban a pique. En Bruselas, las derechas están obsesionadas con la simplificación regulatoria, otra forma de llamar a la desregulación, y EE UU prepara medidas en el universo cripto, que ha hecho ganar miles de millones de dólares a Trump y sus mariachis. La preocupación no deja de crecer: la banca en la sombra concentra la mitad del crédito mundial con muchas menos restricciones de riesgo que las entidades tradicionales, con los hedge funds empachados de deuda pública y elevando la probabilidad de accidente. Y con riesgos adicionales de la mano de la digitalización de las finanzas y la ciberseguridad, e inteligencias artificiales capaces de identificar los fallos del sistema para ponerlo todo patas arriba.“Todas las formas de capitalismo son inestables, pero algunas más que otras”, decía un sabio olvidado, Hyman Minsky. Es posible que el cambio de Gobierno en España, si es que se materializa, acabe llegando antes que el huracán financiero: parafraseando a Minsky, “todas las formas que adopta la política española son inestables, pero algunas más que otras”. Y hoy estamos en un prietas las filas desasosegante. Pero ojo: no se divisa una crisis financiera a corto: la sucesión de líos de los últimos tiempos ha sido una gimnasia estupenda para el sistema. En el verano de 2023 también sonó el réquiem por el sanchismo, pero seguimos con el reguetón de “el que puede hacer, que haga”. En fin, la vida.
Con todos ustedes, la próxima crisis (o no)
Las derechas están obsesionadas con la desregulación, la banca concentra la mitad del crédito mundial y la digitalización de las finanzas y la ciberseguridad ponen en riesgo al sistema






