Los gustos televisivos de mi abuelo no solían coincidir con los míos. Pasé más horas de mi infancia de las que me gustaría viendo partidos del Barça, western o el Teleberri, pero imagino que a él tampoco le hacía especial ilusión ver Shin Chan —encima en euskera—, Magical Doremi o Digimon. Con los años he entendido que la verdadera afectada no era yo, sino mi abuela, que como mucho rascaba los últimos minutos del programa de Arguiñano antes de que empezaran Los Simpson. El aituna Javier —así llamamos a mi abuelo en mi familia— estaba acostumbrado a soportar que mi hermana y yo nos hiciéramos dueñas del mando en el descanso entre las clases de la mañana y las de la tarde, cuando íbamos a comer a su casa porque estaba al lado de la ikastola. El resto de la familia también aprendimos a respetar (y a disfrutar) sus partidos de pelota vasca los domingos, cuando nos juntábamos todos. El problema solía surgir en vacaciones. Una cosa es compartir la tele con cinco personas un día a la semana y otra hacerlo durante un mes entero. Ahora comprendo que era un absoluto privilegio poder pasar todo julio en la playa con mis padres, mi hermana y mis abuelos maternos, algo que repetimos durante muchos años por la costa catalana, la gallega o la andaluza. Pero tener una única pantalla era una bomba de relojería en un mes en el que se juntan competiciones deportivas con programas familiares y mucho tiempo libre. Un mes en el que, todos los años, sin excepción, se celebra el Tour de Francia.Mi metódico abuelo no perdonaba ni una etapa de la carrera ciclista que era un somnífero para el resto —él incluido, aunque le molestase reconocerlo—, pero que era una aburrida pesadilla para mí —que nunca he sabido echar siestas—. Él recordaría el verano de 2007 como el verano en el que Alberto Contador logró su primer maillot amarillo, pero para mí, que tenía 10 años, aquellas vacaciones en Baiona (Pontevedra) fueron una pelea constante por conseguir ver Yo soy Bea en la sobremesa. Mi abuelo quería oír a Carlos de Andrés y Perico Delgado narrando la jornada y yo lo que quería era escuchar la intro de Edurne cantando eso de que “ya no se puede ir por el mundo derrochando el amor”, que “en esta vida hay que saber capear”.A mí que Bea fuera fea o no me daba igual; lo que me entusiasmaba eran sus ficheros, sus carpetas, la forma en la que apuntaba las citas en la agenda con su bolígrafo. Me fascinaba tanto el trabajo de secretaria de Bea, que aquel verano cogí el móvil de mi madre (un Nokia antiguo sin internet ni cámara, pero con agenda, que era lo importante) y me puse a pasar todos sus contactos a una libreta. Apunté uno a uno cada nombre seguido del número de teléfono en un intento de imitar a la plantilla de Bulevar 21, la revista de moda en cuyas oficinas sucedía la trama principal de la serie de Telecinco. Supongo que esa niña sería feliz si supiera que acabaría trabajando como periodista en una redacción de verdad.Creo recordar que todos esos contactos pasados a papel le resultaron útiles a mi madre cuando cambió de móvil mucho antes de que existiera la sincronización de datos. A lo mejor no y todo ese esfuerzo no sirvió para nada. Puede que la mitad de estos recuerdos estén deformados después de tanto tiempo. Mi única certeza es que el Tour se sigue televisando cada verano, igual que nosotros seguimos yendo juntos de vacaciones. La diferencia es que ahora somos cuatro, en vez de seis. Y llega julio, y no me molesta ver a los ciclistas pedaleando exhaustos montaña arriba, porque me devuelve a algunos de los mejores veranos de mi vida en compañía de mis abuelos. Ahora me daría completamente igual qué ver en la tele, con tal de poder comentarlo con ellos.
El verano televisivo en el que Alberto Contador compitió contra Bea, ‘la fea’
Mi abuelo recordaría el verano de 2007 como el en el que el ciclista español logró su primer maillot amarillo, pero para mí, que tenía 10 años, aquellas vacaciones en Baiona fueron una pelea constante por conseguir ver ‘Yo soy Bea’ en la sobremesa











