El verano siempre empezaba con el Tour de Francia. Desde la sombrilla de la playa se escuchaba la sintonía de RTVE que emitían las teles del bloque de apartamentos a esa hora de la siesta. Era nuestra llamada. Yo solía esperar tumbada en la toalla, entretenida con las imágenes distorsionadas que provocaba el tórrido sol almeriense sobre la arena a la hora de comer, hasta ver borrosamente la figura de mi padre aparecer con su bicicleta en la cima de la cuesta de tierra que aterrizaba en nuestra playa. Porque, a esas horas, la playa era nuestra. Él se dejaba caer rodando, dejando una estela de polvareda tras de sí y llegaba sudando, después de haber estado “arreglando las cosas del barco”, listo para darse el último baño, el más placentero del día. Nuestro baño. “¡Vamos!”, urgía saliendo del agua al escuchar la música tecno de los alemanes Kraftwerk que anunciaba la retransmisión de la carrera, “que nos perdemos la etapa, y hoy es de montaña”. Mi madre y mi hermana solían subirse a comer un poco antes y dejaban la mesa puesta, con todos los restos de las comidas recopilados en su particular etapa de ascenso por la escalera hasta el tercer piso del edificio. Las migas de pan de mi abuela Mami en el bajo, el arroz marinero de mi tío Miguel en el primero, la morcilla y la longaniza de mi otra abuela en el segundo… Veíamos el Tour con unas vistas privilegiadas al Mediterráneo, rodeados de todos esos manjares, con un buen tazón de gazpacho helado, sardinas asadas y el bañador mojado. Nuestro Tour siempre ha sabido un poco a sal y las arduas escaladas al gigante pirenaico del Tourmalet eran la excusa perfecta para hablar de la vida de manera ligera, mientras nuestros protagonistas sudaban los maillots y se rompían las piernas. Sus decisiones, sus ataques y estrategias, sus abismales descensos y caídas… servían para recordar las actitudes que podían tomarse en la vida ante las mayores dificultades que se nos presentaran. Y también, ante los accidentes, los chuparruedas, las trampas, las pájaras, las escapadas en solitario, o los despistes... Todo un manual ciclista de resistencia humana. “¡¡Vamos Perico!!”Mi primer recuerdo televisivo de aquellos días creo que se remonta al Tour de 1989. Pedro Delgado, Perico, que venía de ganar el Tour el año anterior, lo daba todo en los Alpes junto con un jovencísimo Miguel Induráin y el escalador Anselmo Fuerte, tratando de recuperar los dos minutos y 40 segundos que le había regalado a sus principales contrincantes, el californiano Greg LeMond y el inconfundible profesor Laurent Fignon, por un “despiste”. Llegó tarde a la rampa de salida del prólogo de Luxemburgo. “Todo es culpa mía”, asumió enseguida el segoviano. Pero nunca se rindió, nunca tiró la toalla. Nos llevó colgados a su rueda todo el mes. “Nada está escrito hasta cruzar la última meta”, decía mi padre, tumbado en el sofá del salón. Aquella gesta de Perico que, aunque quedó tercero en la general hizo un Tour sensacional, nos sirvió para hablar del coraje, de la dignidad, de la humildad y la resiliencia, del sacrificio y del trabajo en equipo. Música y campos de lavandaPero las 21 etapas del Tour y sus 3.000 kilómetros de carreteras también servían para enamorarse día a día de Francia, desde los campos de lavanda de la Provenza al Valle del Loira, los floridos pueblos, los viñedos, los castillos medievales, y de toda esa belleza paisajística cuidada con mimo. Después venía la música. Durante el tiempo que vivíamos bajo la atmósfera veraniega de la ronda gala, en ese apartamento playero sonaban a todo volumen Ma vie de Alain Barriere, La Mer de Charles Trenet, La nuit de Salvatore Adamo, Moi je joue de Brigitte Bardot… canciones que me retrotraen de inmediato a aquellos fastuosos días. Luego llegaron las proezas de la locomotora Indurain, los escándalos del dopaje y la gran decepción de Armstrong, la sorpresa de Sastre, los osados ataques de El de Pinto, Alberto Contador, o aquella mítica carrera de Chris Froome en 2016, que perdió la bicicleta y se hizo medio kilómetro corriendo hasta la meta en el Mont Ventoux. La llegada de los corredores a los Campos Elíseos siempre tenía un sabor agridulce. Era el ecuador de aquellos largos periodos estivales en los que reseteábamos la vida entera y nos poníamos a punto para la siguiente etapa. Ya no baja mi padre con su bicicleta por la cuesta, pero yo sigo viendo el Tour para recordar sus palabras y enseñar a mi hija a amar la vida con sus logros y sus sinsabores.