La Vuelta a España nos acompañará durante estas tres semanas en los últimos fulgores del verano. Como cada año desde que se mudó de mayo (hace ya tanto que muchos ni lo recuerdan) a estas fechas, para mí representa el final del buen tiempo y de las vacaciones, el anuncio de que llega la hora del nuevo acuartelamiento general. Pero también supone un bonito e instructivo paseo por España, alternando la moto y el helicóptero, para escrutar todos los recovecos del país. Me gusta el ciclismo porque lleva a los héroes del pedal hasta lo más recóndito, atraviesan pueblos y parajes por los que nunca pasa nada, y aunque sea de una forma fugaz dejan un reguero de ilusión en esa España vacía de la que tanto hablamos y por la que tan poco hacemos.
Este año se cumplen 90 del inicio de la prueba, si bien sólo es la edición número 80, porque la Guerra Civil primero, la Mundial inmediata y posteriores penurias hicieron que se perdieran diez. Para festejar la ocasión ha arrancado desde Turín (la cortesía de empezar una gran vuelta en algún país vecino, incluso no tan vecino, es antigua y conviene a su mejor difusión) y de allí nos llegará a través de los Alpes y los Pirineos, algo así como el viaje de Aníbal y sus elefantes, pero a la inversa. Tendrá, como es preceptivo y muy del gusto de la afición española, duras subidas, particularmente las de Andorra y Cerler en los Pirineos, el Alto de El Morredero en León, el icónico Angliru asturiano y la Bola del Mundo, ya a las vistas de Madrid. Por no citarlos todos.









