Alberto Cortés lleva ya cinco años y cuatro piezas navegando solo hacia el desastre y la salvación. Su teatro es contradicción atravesada de poesía. En su última pieza, El corazón de Ester, Cortés eleva la apuesta. Un teatro difícil, hilvanado por un texto de una poesía libérrima, en el que el artista se ofrece al público como alimento. Cortés quiere ser comido hasta desaparecer y al mismo tiempo ser sol. Narciso y Agnus Dei al mismo tiempo.

Atrás queda aquella pieza, El ardor, que estrenó también en Barcelona en el festival Sâlmon, en la que Cortés clamaba por un batallón de maricas que incendiaran la ciudad de deseo. Cortés hoy está más solo, más viejo, más sabio. Su teatro se ha ido destilando, también amanerando, torciéndose sobre sí mismo hasta poder lamerse la espalda.

Entonces, en aquel 2022, Cortés era la gran esperanza blanca del teatro contemporáneo, de un teatro anti representativo y de creación. Hoy el malagueño es una diosa para un buen número de espectadores que cada día sigue creciendo. Su presencia escénica y su apuesta extrema por un teatro de exposición máxima, ha hecho que mucha gente lo adore.

Algo que en septiembre, cuando se estrene la película de los Javis, La bola negra, donde Cortés encarna a Lorca en una sorprendente coda final, se multiplicará exponencialmente. Alberto es puro magnetismo entregado y eso hoy, en esta sociedad insaciable del espejo y la avidez consumista, es convertirse en alimento para los peces. Pero centrémonos en esta Ester.