Greta Alfaro (Pamplona, 1977) ha desarrollado su práctica artística de manera multidisciplinar a través de la fotografía, la instalación, el collage y el vídeo. Su obra cuenta con un potencial simbólico y escénico en el que explora las tensiones entre la belleza y la destrucción, la celebración y la decadencia, así como entre la naturaleza y el artificio, generando imágenes de gran potencia estética que remiten tanto a la tradición barroca y la vanitas como a temas y problemáticas contemporáneas.Alfaro, con una importante trayectoria internacional, fue la primera artista española en vender una obra a la prestigiosa Saatchi Gallery de Londres. Hasta el 30 de julio se podrá ver su primera exposición individual en una institución de Madrid, en el marco de Abierto x Obras, en la Nave 0 de Matadero, un espacio en el que anteriormente intervinieron artistas y colectivos como Cabello/Carceller, Cristina Lucas, Los Carpinteros, Elena Alonso y Teresa Solar. Además, su propuesta forma parte de la programación del festival PHotoEspaña 2026.El edificio de Matadero fue construido a principios del siglo XX como mercado y matadero municipal, siguiendo el estilo neomudéjar característico de la época. Si se realiza un corte transversal en planta, pueden distinguirse las arcadas neomudéjares que se asemejan al interior de una catedral. De este modo, la Nave 0 se configura, en cierta manera, como una nave central flanqueada por dos naves o ‘capillas’ laterales y presidida por un posible altar mayor. Bajo esta premisa religiosa, mística y evocadora, Alfaro ha articulado un Ofertorio, por el que el espectador avanza siguiendo una lógica similar a la del ritual, pero con un punto más onírico. Así, al entrar, dialogan en los extremos opuestos del espacio la figura de una Venus Anatómica realizada en cera en el siglo XVIII, conservada en el Museo Javier Puerta, integrado en el Patrimonio Histórico-Artístico de la Universidad Complutense de Madrid, y una videoinstalación a tres pantallas que da título a la exposición. “Me interesa y me inspira la imaginería barroca, y esta pieza, que representa el cuerpo de una mujer, la interpreto como una representación doliente. Aunque en aquella época las llamadas Venus Anatómicas pretendían ser estrictamente científicas, en realidad no es así. La figura adopta una pose y encarna una actitud casi de ofrecimiento, además de conllevar una determinada forma de entender la feminidad. Resulta verdaderamente impactante comprobar cómo el cuerpo femenino ha sido objetualizado históricamente, incluso en contextos médicos y científicos”, comenta Greta Alfaro.Trabajar en la Nave 0 puede llegar a condicionar, e incluso a intimidar al artista que la interviene. Es uno de esos espacios con una entidad propia tan marcada que en ocasiones invisibilizan la obra expuesta. No es el caso. Greta Alfaro ha entendido este lugar como inspiración y ha querido regresar a sus orígenes. “A mí lo que me gusta es llegar a un lugar y rascarle, hablar con él y compartir con el público todo aquello que me transmite. Estar en la nave ha sido muy inspirador. Me gustan los retos, pero este espacio no me imponía, me inspiraba constantemente. Pienso siempre de una manera un poco antropológica, y esto es un matadero. No puedo dejar de vincular este espacio, aunque lleve más de 20 años dedicado al arte contemporáneo, con el matadero que fue durante todo el siglo pasado”, argumenta, “y el origen del sacrificio animal está en lo religioso, en lo ritual y en lo sagrado”. Alfaro explora esas referencias: “En el cristianismo permanece todavía el sacrificio ritual, primero el del cordero y después el de Dios, que se ofrece de manera simbólica a través de la eucaristía. Hemos pasado del sacrificio ritual —de saber que estás arrebatando una vida, algo sagrado, y otorgarle importancia— al matadero industrial y seriado de hoy, donde son miles las vidas que dejan de contar. Me interesaba ese contraste". También busca otras reflexiones. “Eso nos lleva a lo que se ve y a lo que no se ve. Si tienes un cerdo en casa, como tenían nuestras abuelas, y lo matas, se trata de un animal con el que convives; formas parte de todo el proceso, naturalizas la muerte y el hecho de comerlo. Es otra relación”, afirma, “con la industrialización y los avances tecnológicos, los mataderos —y lo mismo ha ocurrido con los cementerios o los hospitales— se han desplazado fuera de las ciudades. Todo aquello que no queremos ver desaparece de nuestro entorno cotidiano. Se produce así una desvinculación absoluta entre nuestra vida diaria y realidades fundamentales como matar para comer, mostrar la anatomía humana o enfrentarse a la sangre. Ahora todo eso ocurre lejos. Lo hemos descodificado y, precisamente por ello, nos impresiona mucho más. El matadero es hoy uno de los espacios más desnaturalizados que existen". Para ella, indagar los orígenes es clave. “En mi obra es importante saber lo que te estás comiendo, saber de dónde viene, ser consciente de que implica la muerte de animales y, por supuesto, de la necesidad de que estos sean criados en condiciones óptimas”, dice. Los animales domésticos, aquellos considerados comestibles y que pueden acabar en nuestros platos, participan también en otras partes de la exposición. Es el caso de los huesos con los que la artista ha elaborado las dos cortinillas que articulan y abren el espacio in situ, funcionando a modo de escenografía teatral. Se trata de huesos lavados y embellecidos, evocadores de los osarios y las antiguas reliquias, en una suerte de operación destinada a dotar de magia y preciosismo a elementos que habitualmente percibimos únicamente como restos. Los huesos están unidos mediante lazos rosas y rojos que remiten, una vez más, a esa objetualización de aquello que socialmente se ha considerado femenino. “Sí, la idea original remitía formalmente a las cortinas de cuentas de los pueblos, pero el imaginario es profundamente religioso. En Roma, cuando alguien moría, todo se cubría de lazos. Era una tarea atribuida a las monjas: ellas limpiaban y decoraban todo primorosamente para conferirle dignidad y belleza. De este modo, el cadáver como tal desaparecía para convertirse en un objeto de devoción”, explica Alfaro.Con todo ello llegamos al ‘altar’ frontal y a la videoinstalación que se despliega en tres pantallas, como si se tratara de un retablo medieval. Esta aparece precedida por una suerte de antesala iluminada cual lucernario y presidida por una imponente lámpara construida con cuchillos de carnicero afilados. La pieza genera un efecto similar al de una bola de discoteca, proyectando innumerables destellos que, en ocasiones, llegan a cubrir las pantallas. Este efecto suma también a percibir mejor la arquitectura propia de la nave.El vídeo Ofertorio está rodado en localizaciones naturales semidespobladas de Navarra y La Rioja, donde reside actualmente Greta Alfaro, así como en localidades más conocidas de la región como Arnedo. Sus protagonistas son tanto los habitantes humanos del territorio —las cofradías que inundan la sala y se desdoblan en la pantalla, marcando con sus tambores la banda sonora de la pieza— como los no humanos: la gallina Whitney que convive con otros animales en casa de Greta y los cerdos de las granjas vecinas. Una figura de esqueleto, que remite inevitablemente a las representaciones de las vanitas de la pintura barroca, sirve como hilo conductor de una historia con un marcado componente teatral. El ojo que todo lo ve, presente a lo largo de la narración, posee una dimensión mística —la del llamado tercer ojo—, pero es también el punto de sacrificio que pone fin a la vida de un animal. Un motivo que conecta, además, con el conjunto de las piezas de la exposición.Cabe destacar también los collages suspendidos en las columnas laterales, donde Alfaro interviene grabados antiguos mediante la incorporación de cuchillos, cabezas de cerdo o manos femeninas recortadas y superpuestas sobre las imágenes originales.El banquete final del vídeo enmarcado por un dibujo que nos lleva hacia la boca del infierno, constituye una imagen impactante y cargada de subcapas. “Estamos hablando de comer, de lo que se ve y de lo que no se ve, del sufrimiento y de lo sagrado, más incluso que de la mística. Estamos hablando de muchas cosas. El concepto del apetito también es evidente, mezclado con el consumo y con el exceso que caracteriza a los habitantes del siglo XXI. Ese apetito insaciable hace necesario preguntarse de dónde viene y cómo se gestiona aquello que nos estamos comiendo. La comida funciona como símbolo de todo en la vida: de los afectos, del ecosistema... Al final, comemos o consumimos constantemente”. Y es precisamente en ese punto donde la obra abre un espacio para una profunda reflexión.