Hay algo de cuento en el título que ha elegido Mariela Scafati para su exposición en Contemporánea Condeduque, en Madrid, la primera que la artista argentina celebra a nivel institucional en España. Algo de cuento que nunca termina. Se trata de Nombrar el mundo o, lo que es lo mismo, apropiarse del entorno, comprenderlo y darle sentido. La artista lo hace a conciencia en este singular espacio de Madrid, invitando al visitante a tener cierta paciencia obstinada y una visión a largo plazo, esa que hace posible darle la vuelta al discurso y desplazar las ideas de los márgenes al centro. Trastocar el mundo para así nombrarlo de otros modos. Esa potente idea, tan propia de las fábulas, de que podemos intervenir en aquello que pasa al final de la historia.Seguramente sea ese el mayor acierto de esta exposición. El acento no está tanto en la selección de obras, muchas de ellas de nueva producción, ni en el montaje de estas (un recorrido tal vez demasiado oscuro y algo vacío), sino en lo que subyace detrás: la invitación a leer entre líneas y constatar que hay otro tipo de profundidad a la que se accede avanzando despacio, mirando las cosas de cerca, entreteniéndose, habitando en los detalles. Mucho los cuida esta artista igual de polifónica que la muestra. Serigrafista queer, pintora y docente, tiene una de las carreras más fecundas e internacionales del contexto artístico en Argentina, especialmente, tras su paso por la Bienal de Berlín de 2020 y sus instalaciones en el MASP de São Paulo y el Hamburger Bahnhof de Berlín. Proyectos a los que se suman otros vinculados a la educación, la radio y el teatro, así como un activismo feroz que reclama la más intensa de las ternuras y la promiscuidad de los cuidados.El mundo que trata de nombrar Mariela Scafati es mutable, colectivo, político y disidente. También expandido, como su pintura, con la que amplía el uso tradicional del lienzo con monocromos que se transforman en esculturas e instalaciones. Cuerpos-lienzos que aquí responden a los nombres de Dai, Devo, Estela, Guille, Lola, Magai, Manu y Nico (todas de 2026) y que vertebran la exposición. Algunos reposan en el suelo, otros se fusionan y otros se abrazan sobre un mundo que se recompone desde otras normas sociales, violencias y resistencias. Hay desbordes de formas, mezclas y ambigüedades de materiales y una identidad móvil y colectiva donde el cuerpo deja de ser una unidad individual para convertirse en algo relacional y afectivo. Un cuerpo como construcción performativa, en palabras de la filósofa Judith Butler, que tanto lidera hoy los debates sobre feminismo y que mucho tiene que ver con el quehacer de la artista. Cada cuerpo-lienzo se viste de las prendas de ropa de su entorno cercano, un gesto con el que también busca renombrar lo que entendemos por familia. La suya, la que vemos aquí, tiene múltiples centros de poder discordantes, igual que la integrada en una comunidad de amigas, una en la que ambas cabezas de familia son del mismo género o la familia elegida queer cuyo modelo de sostén es más fluido y negociable. Ese campo de negociación aparece en Faldas banderas (2003-2026), realizada a partir de sus propias polleras (faldas en Argentina), que descose y da la vuelta, dejando las costuras a la vista, para condensar en palabras pintadas todas aquellas frases y palabras que sostienen el presente y futuro de su comunidad afectiva. A modo de glosario ideológico, funcionan como pancartas o como un mapa político de deseo colectivo. “Mi cuerpo, mi deseo”, dice uno. “Saber lo que quiero hacer”, contesta otro. “Que el tiempo nos colabore”, insiste su vecino. Lemas que desbordan bajo una vulnerabilidad como cimiento y que componen una especie de lecho rocoso, que es como Wittgenstein llamaba a la trama de palabras, gestos y situaciones como base de la posibilidad de imaginar un lenguaje que sirva para imaginar formas de vida.El proceso de trabajo de la artista parte de un gesto de intercambio y de escucha, otro de los puntos fuertes de la muestra, el poder de la oralidad como material, que encontramos también en el audio que rescata varios de los programas de la Radio Eléctrica Artesanal, que Scafati hizo junto a Lola Granillo y fueron emitidos en Buenos Aires entre 2010 y 2012. El solapamiento de voces (las que se oyen y las que se leen) mantiene el desconcierto que despiertan obras como Libro y deseo o Respira (2025), composiciones realizadas con cuerdas, lona acrílica y muebles, que hizo en su residencia artística en Collegium, en Arévalo (Ávila). La pintura, el color y los materiales funcionan casi como extensiones corporales que piensan el deseo también como una construcción social, ya sea cuando cose retales de tela para componer geometrías o cuando traslada sus prácticas íntimas de bondage a la materialidad del cuadro, como en Familia (Daniel, Kinga y Maite), de 2019.¿Por qué es necesaria esta exposición en un momento como éste? Porque en estos tiempos de profundo trastorno urge buscar historias con las que cambiar el relato, desmontar el que aprisiona o encontrar aquel acorde a cada realidad. Urge reflexionar sobre el poder, el cambio y las posibilidades. Urge borrar las huellas de una cotidianidad que se acumula como una capa de polvo y desluce las cosas hasta el punto de ocultarlas por completo. Urge escuchar como gesto político, retirar lo que obstruye y oculta, y dar paso a un aire nuevo. Urge celebrar la belleza de lo efímero, la curiosidad de lo nuevo y la esperanza. Porque los cambios tangibles solo son posibles con cambios intangibles en nuestra forma de entender qué significa “nosotros”, qué es lo que más nos importa, quiénes pensamos que podemos ser, qué creemos que es posible. ‘Mariela Scafati. Nombrar el mundo’. Conde Duque. Madrid. Hasta el 19 de julio.