El Guggenheim de Bilbao revisa la obra de la pintora portuguesa, que convirtió la arquitectura en estado mental y la geometría imperfecta en metáfora del mundo

Paseamos por la exposición que el Guggenheim Bilbao dedica a la obra poliédrica de Maria Helena Vieira da Silva con la sensación de atravesar un mundo en descomposición, sometido a un desgaste silencioso. Sus cuadros transcurren en una ciudad sin centro ni periferia, donde las líneas nunca llegan a ser ...

avenidas y los edificios dudan entre derrumbarse o resistir. El espacio urbano, en sus cuadros, es un caleidoscopio de formas trabajosamente irregulares, poblado por bailarines exhaustos y jugadores atrapados en partidas de naipes que querrían abandonar. En la pintura de la artista portuguesa, la geometría no es la cuadrícula heroica de las vanguardias, sino un ajedrezado imperfecto y poscubista, hecho de ejes cruzados que prometen simetría solo para traicionarla.

En sus obras hay entramados de rayas incongruentes, perspectivas esquivas y arquitecturas a medio hacer, como si confirmaran, en cada cuadro, aquella idea suya de que “una pintura nunca está terminada”. Sus rejillas no imponen ningún orden, sino que registran el momento preciso en que ese orden deja de funcionar. Cuando proponen una ilusión de geometría regular es para pervertirla, como sucede en Le couloir (1948) o Intérieur noir (1950), con la arquitectura convertida en estado mental. Sus estructuras mínimas y repetidas, casi obsesivas, no quieren estabilizar el mundo sino reflejar su frágil equilibrio. El ojo deambula por sus cuadros como recorrería una ciudad después de una catástrofe, constatando que el mapa ya no coincide con el territorio.