Una patera llegó a Europa hace años, ya no recuerdo el lugar. En ella viajaban una docena de jóvenes subsaharianos y un niño. La cooperante de la Cruz Roja pregunta a los adultos por el crío; todos se encogen de hombros negando con la cabeza: no es su hijo. La cooperante toma de la mano al chaval y se lo lleva para entregarlo a los servicios sociales. De repente, el niño se zafa y corre para abrazarse, llorando de desesperación, a las piernas de uno de los pasajeros, su padre. Consciente del destino que les espera, el padre se desprende del hijo en un arrebato de impotencia, a puro manotazo: ¡no te conozco, aléjate!, solloza entre patadas. Ignoro el destino del niño. Es posible que, como otros muchos, haya ido dando tumbos entre unas autoridades provida que les cierran las puertas, que se niegan a acogerlos, que se tapan la nariz para barrerlos a la comunidad vecina como residuos tóxicos. Es posible que hoy, tras pasar por los orfelinatos de desamparados de media España, este moderno Oliver Twist vagabundee por los parques madrileños, soportando a la intemperie que las brigadas de limpieza de Almeida (que tratan a las personas como suciedad) le arrebaten sin previo aviso los cartones y la ropa pero le dejen la miseria y el dolor.