La fragmentación del sueño durante el primer año de vida también puede afectar a la salud mental y emocional de los progenitores y poner a prueba la relación de pareja
El nacimiento de un bebé cambia horarios, prioridades y rutinas. También transforma las noches. Dormir deja de ser un acto continuo y reparador para convertirse, durante meses —e incluso años—, en un descanso fragmentado, marcado por despertares constantes, tomas, llantos y una sensación permanente de alerta. La imagen idílica de la maternidad y la paternidad suele dejar en segundo plano una realidad que millones de familias viven cada día: el profundo impacto que la falta de sueño tiene sobre la salud física, mental y emocional de los padres.
Los especialistas recuerdan que no es solo dormir menos horas, sino hacerlo peor. La calidad del descanso disminuye de forma drástica y el cerebro apenas logra completar los ciclos profundos de sueño necesarios para recuperarse. “La llegada de un hijo transforma por completo la rutina de una pareja, y uno de los cambios más inmediatos, y menos visibles socialmente, es la pérdida de sueño”, sostiene Lucía Torres, psiquiatra de Tranquilamente.
Durante los primeros meses de crianza, añade, “los despertares nocturnos, las tomas y la hiperalerta constante reducen de manera drástica las horas de descanso de los padres”. Gonzalo Pin, pediatra y experto en sueño infantil, recuerda que buena parte de esa falta de descanso responde a una realidad biológica difícil de evitar. “Durante los primeros cinco o seis meses, los bebés tienen un ritmo de sueño completamente distinto al de los adultos. Se despiertan cada dos o cuatro horas porque necesitan alimentarse o reclamar cuidados, y pretender que se adapten al horario de los padres es biológicamente imposible”, explica.









