Un estudio identifica el interruptor biológico que mantiene el estado de alerta, un hallazgo que podría conducir a nuevos tratamientos para problemas del sueño

El “efecto de la primera noche” hace referencia a la alteración de las características del sueño, tanto subjetivas como objetivas, que experimentan la inmensa mayoría de las personas durante la primera noche de sueño fuera de su entorno habitual. Fue descrito por primera vez en 1966 en un artículo científico, en el que los investigadores demostraron que, durante la primera noche en el laboratorio de una Unidad de Sueño, los pacientes presentaban un sueño menos eficiente, con más despertares, menos sueño REM y un retraso del inicio del sueño profundo, lo que constituía un factor de confusión en los resultados de los estudios polisomnográficos a los que se sometían. Los efectos, como comprobaron, desaparecían en la segunda o tercera noche.

Este “efecto de la primera noche”, sin embargo, no es exclusivo de los entornos médicos, como han demostrado numerosos estudios desde entonces. ¿Quién no ha dormido fatal en su primera noche en un hotel de tres, cuatro o cinco estrellas cuando aparentemente tenía todas las condiciones necesarias para tener un sueño reparador? Esta reacción, según Juan Antonio Madrid, catedrático de Fisiología de la Universidad de Murcia y autor de El sueño del sapiens (Plataforma Editorial, 2025), constituye un rasgo adaptativo de los animales, entre ellos del ser humano, y tiene una explicación desde el punto de vista de la biología evolutiva. “Los cazadores-recolectores, cuando cambiaban de campamento e iban a dormir a un nuevo lugar, en la primera noche todavía no tenían una buena evaluación de los riesgos que conllevaba el nuevo asentamiento. Esto genera un estado de mayor vigilancia en el cerebro y te deja dormir menos profundamente porque potencialmente puedes estar en riesgo, así que vale más la pena despertarte 50 veces durante la noche que dormir profundamente y ser objeto de algún tipo de agresión”, argumenta.