Los seres humanos tienen una predisposición a sufrir una bajada del nivel de alerta y de vigilancia al mediodía, entre seis y ocho horas después de haber despertado
Como explica Juan Antonio Madrid, catedrático de Fisiología de la Universidad de Murcia, la siesta, de la misma manera que el periodo de sueño nocturno, está de alguna forma condicionada biológicamente. Los seres humanos tenemos una predisposición a sufrir una bajada del nivel de alerta y de vigilancia aproximadamente al mediodía, entre seis y ocho horas después de haber despertado. De hecho, la palabra siesta proviene del latín sexta, que en la Antigua Roma hacía referencia a la sexta hora del día desde el amanecer, momento reservado para la pausa y el descanso. “Hay muchos marcadores que medimos en el laboratorio que nos indican que ese periodo está ahí, incluso sin haber comido a mediodía”, afirma.
Que, pese a ello, la siesta, en el contexto europeo, parezca un patrimonio único y singular de los países del sur de Europa como España, tiene una explicación: las altas temperaturas. “En los meses de verano, el periodo de máxima insolación, que no es adecuado para que el ser humano se dedique a realizar actividades en la calle o en la naturaleza, coincide con esa tendencia natural que tenemos a dormir”, señala Madrid. Con el cambio climático, no en vano, la práctica de la siesta podría generalizarse por toda Europa. La Asociación Alemana de Médicos de Salud Pública, sin ir más lejos, recomendó en 2023 implementar la siesta durante el verano para combatir las altas temperaturas y mejorar la productividad.






