Los últimos meses han sido duros para los iraníes partidarios de la democracia. En enero, el régimen masacró a miles de manifestantes. Después, nuestro país vivió una guerra devastadora emprendida por Estados Unidos e Israel, que mató a muchos iraníes pero dejó el régimen intacto y no sirvió para que Irán se aproximara a la democracia. La República Islámica sobrevivió a la guerra, negoció con Estados Unidos al más alto nivel desde 1979, consiguió un acuerdo favorable y en estos días entierra a su líder fallecido, el ayatolá Ali Jameneí. La oposición está dividida, desmoralizada y en una situación lamentable. ¿Qué pasos conviene dar ahora? El debate sobre Irán está lleno de falsas dicotomías, y una de las más extendidas es que oponerse a la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán o abogar por cualquier tipo de diálogo diplomático con Teherán equivale a traicionar al pueblo iraní y su histórica lucha por la democracia. Esa es la postura que defienden figuras de la oposición como Reza Pahlavi, hijo del último sha de Irán, o la activista Masih Alinejad. Muchos critican a España y su presidente, Pedro Sánchez, sobre todo por su abierta oposición a la guerra y por la reapertura de su embajada en Teherán en abril. Pero los defensores de esta falsa dicotomía no suelen responsabilizarse del fracaso de las vías que proponen. ¿Qué han conseguido con más de dos décadas de sanciones contra Irán, aparte de destruir su clase media? No han debilitado el poder del régimen. La guerra tampoco ha ayudado a democratizar el país. El asesinato de Ali Jameneí, que tanto propugnaron y celebraron activistas como Alinejad, no tuvo ninguna consecuencia democrática, sino que sirvió para que lo sustituyera su hijo, Mojtaba. La guerra ha contribuido al refuerzo de la seguridad y la militarización del país y del régimen y ha achicado el margen de maniobra de la sociedad civil. El discurso dominante tampoco tiene en cuenta las posturas de gran parte de la oposición iraní y del movimiento democrático, tanto dentro como fuera del país. Hace años que muchos somos conscientes de que las sanciones y la guerra no van a contribuir a impulsar nuestras aspiraciones democráticas, sino que, paradójicamente, perjudican a la sociedad civil, los verdaderos agentes de cualquier cambio positivo. Por eso mismo hemos apoyado el diálogo diplomático de Irán con Occidente, porque podría acarrear una disminución de la presión económica sobre los iraníes y la relajación del clima beligerante. Las guerras con Estados Unidos e Israel han causado la muerte de muchos iraníes inocentes, han destruido nuestras infraestructuras esenciales, han desestabilizado la región y han puesto en peligro la viabilidad de Irán como nación-estado. Y, por si fuera poco, han sido políticamente desastrosas. Han debilitado a quienes llevan mucho tiempo —incluso dentro del propio régimen— defendiendo que Irán debe moderar su espíritu antioccidental y normalizar sus relaciones con Estados Unidos. En cambio, siempre que se mantienen conversaciones con Occidente, las facciones del régimen partidarias de la diplomacia salen reforzadas. Los escasos islamistas ultraconservadores que quieren convertir a Irán en una especie de Corea del Norte tienen, irónicamente, una postura similar a la de Pahlaví: se oponen a las conversaciones con Estados Unidos. Cuando voces de tanta proyección como la de Pahlaví dominan, en ocasiones, el debate en Occidente, muchos imaginan que la oposición iraní está unánimemente en contra de “dialogar con dictadores” y del memorándum de entendimiento acordado con Estados Unidos. Nada más lejos de la realidad. Muy al contrario, numerosos izquierdistas y liberales iraníes han recibido con agrado el memorándum y respaldan las negociaciones. El Frente Nacional de Irán, el partido histórico de Mohammed Mossadegh (primer ministro entre 1951 y 1953), prohibido desde hace mucho tiempo por la República Islámica, acogió con satisfacción el acuerdo y la desescalada con Estados Unidos, al mismo tiempo que exigía “el Estado de derecho, las libertades políticas, la lucha contra la corrupción y unas elecciones libres”. Y el Frente Nacional no es el único. Esta postura —apoyar las negociaciones del régimen con Occidente y al mismo tiempo exigir la democratización— es desde hace mucho tiempo la posición habitual de grandes sectores de la esfera política iraní. Una posición similar es la que tiene Hamgami, una organización que agrupa a varios partidos de la oposición, de centroizquierda y liberales, que se define como “una coalición en favor de una república democrática laica en Irán”. En un comunicado emitido el 18 de junio, afirmó que el memorándum de entendimiento era “un paso positivo para aliviar las tensiones, alejar la amenaza de guerra y facilitar una solución diplomática”. Unos días más tarde, otros cuatro grupos partidarios de la democracia se unieron a Hamgami en otro comunicado en el que mostraban su satisfacción por el acuerdo y respaldaban las conversaciones directas entre Irán y Estados Unidos. Nadie debe creer la consigna de que dialogar con el régimen supone una traición al pueblo iraní. Si Occidente quiere respetar al movimiento democrático iraní, más le valdría observar la larga tradición de la sociedad civil y los demócratas que respaldan el diálogo diplomático. Sabemos que los gobernantes antidemocráticos de Teherán no nos representan, pero ejercer una labor diplomática con ellos es mejor que las sanciones interminables y la guerra. Los iraníes estarán en una posición mucho más favorable para luchar por la democracia cuando callen las armas y tengan pan en la mesa. No es contradictorio apoyar al mismo tiempo la democracia y la diplomacia.
Occidente debe sostener la diplomacia y la democracia en Irán
No es contradictorio apoyar al pueblo iraní y al mismo tiempo dialogar con sus gobernantes










