Muchos activistas en la diáspora creen que el ataque de Estados Unidos e Israel puede abrir una vía para acabar con la dictadura islámica, pero otros creen que la ha fortalecido

Hamid Hosseini recuerda con nitidez aquel día de febrero de 1979 en el que creyó que, por fin, su pueblo decía adiós a la tiranía; la dictadura del shah Reza Pahlevi era historia. Hosseini había sido liberado de la cárcel y de las torturas apenas unas semanas antes, gracias a la presión internacional de iraníes en el extranjero. La esperanza de un nuevo país laico y democrático duró muy poco al instaurarse un régimen teocrático que ejecutó a muchos de sus compañeros de revolución. Pasó...

a la clandestinidad hasta lograr salir del país. Desde entonces y hasta hoy, ya con 74 años, sigue luchando por Irán desde España. En los últimos años, su esperanza había resurgido gracias al empuje de los movimientos sociales prodemocracia que ganaban fuerza. “Pero la guerra lo ha abortado todo”, lamenta.

Los ataques de Estados Unidos e Israel que comenzaron el 28 de febrero, señala, han debilitado a la oposición, dando más poder a la Guardia Revolucionaria. “Bajo las bombas la gente no puede protestar. Las bombas y los misiles no traen la democracia”. Otros iraníes en la diáspora, sin embargo, tienen un sentimiento muy distinto. Para muchos, su optimismo ha vuelto a encenderse tras la muerte del líder supremo, el ayatolá Ali Jameneí, y de otros altos mandos. “Ninguna fuerza extranjera ha matado tanto estos días como el régimen hizo contra su propio pueblo. Para nosotros, el Gobierno de la República islámica es mucho peor”, sostiene Jeiran Moghadam, profesora en Alemania.