Jon Aristu |

Pamplona (EFE).- La Plaza Consistorial de Pamplona es escenario del chupinazo, símbolo reconocible de los Sanfermines en medio mundo y punto de encuentro de protestas, celebraciones, reivindicaciones y vida cotidiana, un reducido espacio urbano que concentra buena parte de la historia y de la identidad de la capital navarra.

Cada 6 de julio, cuando el reloj se acerca al mediodía y miles de personas abarrotan cada metro cuadrado de la plaza, el escenario se transforma. El espacio institucional se convierte en una explosión colectiva. Pero durante el resto del año, continúa siendo uno de los principales centros neurálgicos de la ciudad.

“Sin lugar a dudas sabemos que aquí pasas unas 300 veces durante los Sanfermines”, resume el periodista y escritor Juan Echenique, que recuerda que la importancia del lugar va mucho más allá de la fiesta. Según explica, la plaza y la Casa Consistorial nacen directamente vinculadas al Privilegio de la Unión impulsado por Carlos III en 1423, documento que puso fin a siglos de enfrentamientos entre los burgos pamploneses y sentó las bases de la actual ciudad.

La ubicación elegida tampoco fue casual. El rey ordenó levantar la sede municipal en un terreno intermedio, prácticamente tierra de nadie, entre los antiguos burgos enfrentados. Aquel primer ayuntamiento tardó décadas en construirse y desaparecería siglos después, aunque la actual fachada barroca del siglo XVIII continúa siendo hoy uno de los elementos arquitectónicos más reconocibles de Navarra.