Ambos crecimos a la sombra de la Guerra Fría, cuando Europa se sentía protegida, vigilante y comprometida con la paz. “Nunca más” era la consigna de nuestra generación.
Tras siglos de conflicto, Europa se forjó bajo la convicción de que la cooperación económica era esencial para una paz duradera.
Cuando los monumentos a un continente dividido se derrumbaron con el colapso del comunismo, el temor a la guerra se desvaneció.
Los presupuestos de defensa se redujeron y nuestras fuerzas armadas disminuyeron.
Muchas de las industrias de defensa que las habían abastecido cerraron sus puertas.










