Europa vive su mayor rearme desde el final de la Guerra Fría. Empujados por la guerra en Ucrania, la amenaza de Rusia y la incertidumbre creciente sobre el compromiso a largo plazo de Estados Unidos con la defensa del continente, los aliados continentales de la OTAN afrontan un giro histórico que está transformando sus Presupuestos de defensa hasta niveles récord y reconfigurando toda la arquitectura de seguridad del continente. Se preparan para asumir el cambio de paradigma de una Alianza Atlántica más europea y avanzan para cubrir los agujeros que dejarán los recortes de fuerzas en el continente que ha anunciado Washington. Las repetidas andanadas del presidente Donald Trump contra la organización militar, que califica de “tigre de papel”, y su constante cuestionamiento de la “lealtad” de varios aliados europeos están poniendo a prueba la resistencia y la estructura de la organización.El magnate inmobiliario, transformado en líder del país que ha sido garante de la seguridad de Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, quiere manifestar ese descontento directamente a los aliados europeos. Lo hará previsiblemente en Ankara (Turquía), donde el 7 y 8 de julio se celebrará una cumbre de la OTAN que se pronostica clave para su propia supervivencia.La cita será un examen de primer nivel. Tanto sobre el gasto en defensa de los aliados —que no deja de crecer pero que a Washington nunca le parece suficiente—, como de sus propios compromisos militares. Y servirá como termómetro para la continuidad de la organización tal y como se creó, hace 77 años. Llega, además, precedida del anuncio de la Administración de Trump de una revisión de hasta seis meses de la presencia militar estadounidense en Europa y de un análisis del compromiso de los aliados.“No hay vuelta atrás a la vieja Alianza Atlántica, y no hay alternativa al plan b de una OTAN liderada por Europa basada en una estructura de mando y un modelo de fuerzas europeos”, apunta Jamie Shea, alto cargo de la organización durante 38 años. “Si EE UU decide contribuir, bienvenido sea; pero la OTAN no puede construirse en torno a una presencia convencional y nuclear estadounidense central en Europa como en el pasado”, añade.Esa es la clave de la supervivencia de la Alianza y de la seguridad del viejo continente, según analistas y expertos. El borrador de la declaración de la cumbre de Ankara, en el que siguen trabajando los aliados, habla de “una Europa más fuerte dentro de una OTAN más fuerte”, según han explicado varias fuentes a este diario. Ese camino, sin embargo, esconde una paradoja. Washington empuja a Europa a rearmarse, pero sin ceder el control estratégico y sin renunciar a que ese rearme se traduzca, en buena medida, en compras de tecnología estadounidense. Es, dice Shea, el arte de querer tener el pastel y a la vez comérselo. La urgencia de las brechas de capacidad —especialmente en defensa antimisiles, donde el ritmo de consumo de interceptores Patriot y THAAD en la guerra de Irán ha creado escaseces agudas— empuja a las capitales europeas a comprar estadounidense incluso cuando su estrategia industrial dice lo contrario.“Para Washington, que Europa hiciera más ha significado durante mucho tiempo que gaste más en prioridades de la OTAN que asumían el liderazgo estadounidense, y que gaste más en sistemas de armas de EEUU en particular”, apunta Katja Bego, analista de política de defensa europea y seguridad transatlántica del think tank londinense Chatham House. El impulso actual hacia la autonomía estratégica y el “compra europeo” rompe ese equilibrio tácito. Bego advierte que Washington lo percibe cada vez más como un acto de hostilidad por parte de los europeos. “Esta es una visión que no solo mantiene la Administración Trump, sino también elementos más transatlánticos de la comunidad de seguridad de Washington. Y solo será una fuente de tensión cada vez mayor a medida que Europa se rearme”, añade.El ambiente que antecede a la cumbre es turbio. Así que, el miércoles, el secretario general de la Alianza, Mark Rutte, viajó a Washington para preparar la cumbre y hacer control de daños con el republicano. Sin embargo, este aprovechó la reunión para recitar un rosario de desagravios contra los aliados europeos a quienes ha descrito como “cobardes”, por no haber participado ni colaborado en su guerra contra Irán, o incluso como “gorrones”. En el Despacho Oval, resumió su demanda con una frase que sintetiza la nueva doctrina estadounidense hacia sus aliados europeos: “No necesitamos su dinero, no necesitamos nada. Tenemos el ejército más poderoso del mundo, con diferencia. Solo quiero lealtad”.Brecha en la defensaSemanas antes, Washington anunció a los aliados europeos sus planes para reducir los activos militares disponibles para la Alianza en caso de crisis. Hará recortes en prácticamente todas las categorías principales: aviones de combate —cuyo número se reduciría en un tercio—, bombarderos estratégicos —reducidos a la mitad—, destructores, submarinos —que Washington dejaría de aportar—, aviones cisterna y drones armados, según varias fuentes aliadas presentes en la reunión.Ese tijeretazo, que se enmarca dentro del plan de Estados Unidos de enfocarse en otros escenarios, como el Indo-Pacífico, venía acompañado de la retirada de 5.000 soldados de Alemania —incluida una brigada de combate acorazado y un batallón de fuegos de largo alcance— y de la congelación de un programa para instalar misiles Tomahawk en territorio alemán. Decisiones que la Administración Trump tomó después de que el canciller alemán, Friedrich Merz, criticase la ofensiva de EEUU e Israel sobre Irán.La demanda de mayor participación en la carga y la retirada de capacidades están ocurriendo al mismo tiempo en lugar de secuencialmente, señala Liana Fix, investigadora del laboratorio de ideas Council on Foreign Relations. “Y esa brecha —el período entre la retirada de los activos convencionales americanos y la llegada de sustitutos europeos creíbles— es el intervalo más peligroso para la disuasión desde principios de los noventa”, describe.Tras décadas disfrutando del dividendo de la paz —lo que le permitió reducir sus presupuestos militares mientras la economía crecía y la amenaza rusa parecía una abstracción del siglo XX—, el continente empezó a rearmarse con la guerra de Rusia contra Ucrania y la constatación de la voracidad de su vecino. Pero el giro armamentístico comenzó a tomar forma institucional en junio del año pasado, cuando, presionados por Donald Trump, los líderes de la OTAN —todos, menos España— se comprometieron a invertir el 5% del PIB anualmente en defensa seguridad para 2035.Gasto récordLos aliados europeos y Canadá aumentaron en 2025 un 20% el gasto de defensa respecto a 2024 —el mayor incremento anual desde 1953— y han alcanzado un total combinado de más de 574.000 millones de dólares (504.000 millones de euros) en precios constantes, según los últimos datos de la Alianza. El gasto total de la OTAN rozó los 1,6 billones de dólares. En la última década, desde 2016, los europeos y Canadá han sumado 1,2 billones adicionales para defensa.Pero el dinero no basta para cubrir la brecha. Si Estados Unidos reduce su presencia, Europa perderá también una serie de capacidades críticas. Sin la inteligencia, vigilancia y reconocimiento estadounidense, la arquitectura de recopilación espacial, la inteligencia de señales y la fusión de datos, Europa seguiría teniendo sensores y armas, pero la imagen se actualizaría más lentamente, con menos confianza y menos profundidad. La defensa de misiles sería menos efectiva, la maniobra más cautelosa, cree Ruben Stewart, investigador sénior para Guerra Terrestre del centro de estudios IISS. “La pregunta decisiva es si Europa construye no solo más masa, sino su propia capacidad para ver, decidir, golpear, proteger y sostenerse —a escala de teatro, es decir, en todo el espacio de combate europeo—“, plantea.Para Shea, Trump no ha creado todo el problema, solo lo ha destapado. “Europa debe construir una verdadera Unión de Defensa”, dice. Propone tres ejes de acción simultánea para ese tránsito: europeizar las estructuras de mando de la OTAN reemplazando a los oficiales estadounidenses con europeos y nombrando un comandante de fuerzas europeo; crear un Consejo de Seguridad Europeo dirigido por los cinco grandes —Francia, Alemania, Polonia, Reino Unido e Italia— como motor político de una auténtica Unión de Defensa; y profundizar los mecanismos financieros de la UE para estandarizar equipos y reducir la fragmentación del armamento europeo. Hoy, los aliados europeos operan cinco tipos distintos de avión de combate y 14 de vehículos blindados.Europa había imaginado una transición lenta hacia una mayor autonomía estratégica. Pero ese calendario ha saltado por los aires. “Esperábamos hacer esta transición en 20 o 30 años”, resume el ex alto cargo de la Alianza. “Trump está obligando a Europa a comprimirla en una década”. La cuestión ahora es si la OTAN podrá reinventarse lo bastante rápido para sobrevivir a ese nuevo equilibrio.
Europa afronta su mayor rearme desde la Guerra Fría con la OTAN bajo presión
Las dudas sobre el compromiso de Donald Trump con la Alianza y la amenaza rusa empujan a los europeos a asumir una nueva era de su defensa







