Este verano, Europa ha dado los primeros pasos decididos para afrontar las tormentas mundiales que se avecinan.
El mes pasado, en la cumbre de la OTAN, los líderes europeos supieron dar con el equilibrio adecuado entre los halagos y el compromiso firme, con la promesa de invertir en capacidades de defensa fundamentales. Fue un momento delicado, pero se puede decir que la UE salió renovada.
En el ámbito económico, Europa está minimizando los riesgos, alternando entre la escalada y la pausa táctica mientras trata de descifrar si los aranceles de Trump son un instrumento para alcanzar objetivos económicos a largo plazo (más puestos de trabajo para los estadounidenses) o una herramienta caprichosa para obtener concesiones de sus socios. Para el 1 de agosto, fecha del nuevo plazo impuesto en esta montaña rusa, sabremos más.
Sin embargo, el obstáculo más grave está en el ámbito ideológico, que constituye el tercer frente de las relaciones entre Estados Unidos y Europa: la propagación del trumpismo. Es muy posible que el legado del presidente norteamericano sobreviva a su mandato. No es solo cuestión de política, es una guerra cultural.
Un ejemplo son las disputadas elecciones presidenciales celebradas el mes pasado en Polonia, en las que el candidato del PiS se impuso por estrecho margen en la segunda vuelta. Durante la campaña, Trump expresó su apoyo a su admirador polaco. “Ganarás”, le dijo a Karol Nawrocki mientras le estrechaba la mano en la Casa Blanca. No pudo ser más enfático. ¿Qué habría pasado sin ese apoyo explícito del presidente estadounidense? ¿Habría derrotado el alcalde europeísta de Varsovia, Rafał Trzaskowski —respaldado por la Plataforma Cívica de Donald Tusk—, a un rival poco conocido hasta entonces? Nunca lo sabremos. Pero la diferencia fue tan escasa (50,9% frente a 49,1%) que no se puede descartar esa posibilidad. Para MAGA, fue un gran triunfo electoral en Europa.






