En la celebración aparecen las emociones colectivas, las expectativas compartidas, los símbolos de pertenencia y, también, las tensiones que recorren el entramado social.
Por Mario Luis Fuentes*.
Toda sociedad se revela a sí misma en distintos momentos; quizá los más emblemáticos son las tragedias colectivas, a la par que sus momentos de celebración. En efecto, hay algo profundamente significativo en la manera en que los pueblos festejan, porque la fiesta constituye una suspensión parcial de la rutina y una exposición de aquello que permanece oculto durante la vida cotidiana. En la celebración aparecen las emociones colectivas, las expectativas compartidas, los símbolos de pertenencia y, también, las tensiones que recorren el entramado social.
México ha tenido la posibilidad de vivir, una vez más, el entusiasmo de una justa mundialista. Las plazas públicas se llenaron como nunca, los restaurantes se abarrotaron, las pantallas congregaron a miles de personas y el fútbol volvió a convertirse en un lenguaje común capaz de unir temporalmente a individuos que, en otros contextos, difícilmente compartirían el mismo espacio. Sin embargo, junto a la alegría legítima del encuentro colectivo, emerge la pregunta relativa a cómo evitar qué las celebraciones masivas no dejen de ser experiencias asociadas al saldo blanco y transiten, como ya ha ocurrido en diferentes momentos, al desorden y el descontrol.











