Cuatro amigos se reúnen un domingo más frente al mar. Es el mismo lugar donde aprendieron a nadar y donde durante años (o eso les parecía a ellos) estuvieron a salvo del paso del tiempo y de todo lo demás. Hablan, beben, esperan a que pique algo. Pero ese día se irán de vacío. Tampoco volverán a ser los mismos.

Esta escena abre Casilla vacía (Alianza editorial, 2026), la tercera novela de Santiago Mazarrasa (Santander, 1988), en la que se verán reflejados muchos de los miembros de su generación, especialmente hombres que andan entre los 30 y los 40 años, y que hoy en día han descubierto (o están a punto de descubrir) que aquello que daba sentido a sus vidas, la amistad, el trabajo, el amor o la esperanza en un futuro, parece que ya no les funciona.

Mazarrasa ha moldeado ese sentimiento en una novela sobria, coral, atravesada por la muerte y por una pregunta muy difícil de responder: qué pasa cuando la vida no se parece a aquello que nos prometieron. Sus personajes buscan un lugar para resguardarse mientras sienten que todo a su alrededor se desmorona.

¿Qué querías explorar con esta novela?

Fundamentalmente, una especie de sensación de orfandad que me acompaña desde siempre. Algo que creo que forma parte del ser humano, sentirse huérfano de sentido, de explicaciones. La imposibilidad de habitar el mundo de una manera realmente plena. Siempre va a haber deseo, miedo, angustia o temor.