El célebre autor de ‘thrillers’ repasa la carrera que le ha llevado a la cima comercial y habla de su nuevo libro, ‘La chica del lago’
El 10 de noviembre, Mikel Santiago pasó una de las peores noches del año. Al día siguiente se publicaba La chica del lago (Ediciones B) y sufrió como si se tratara de la primera novela, como si estuviera dando el salto, más de 10 años atrás, de la autoedición a las grandes ligas, como si fuera la primera etapa de aquella carrera de vértigo que a partir de Última noche en Tremore Beach (Ediciones B, 2014) le cambió la vida. “Siempre tienes un montón de dudas, cómo lo va a recibir el público, si va a entrar en el juego que propones. Esa tensión no se va, igual incluso ha aumentado con los años”, confesaba el martes en una casa de comidas del barrio de Malasaña en Madrid.
La cita transcurre en una fresca y soleada mañana de noviembre. Ha empezado antes de la comida, en Cervantes y Cía, la librería aliada, el lugar donde había presentado varios de sus libros, incluido el anterior, El hijo olvidado. Pero la apuesta ha subido y el fin de fiesta sería aquella misma tarde en el Palacio de la Prensa. Santiago (Portugalete, 50 años) trata de conjurar los males de la fama con una “vida sencilla y familiar en Bilbao” y solo “en determinados momentos” se enchufa a la rueda de la promoción. A partir de aquí, un acto al mes, el límite que se ha impuesto. El agua, la natación y el mar son su medicina y la música, los bolos con un amigo por los bares de su ciudad, la forma de seguir en la tierra.






