Los ataques que recibe el autor de ‘El misterio de la cripta embrujada’ es como uno de esos despropósitos narrativos que tanto le gustan

Me acuerdo de la única vez que he firmado libros en Sant Jordi porque tuve la suerte de conocer a Miguel Gila. Lo había admirado de niño, antes de la televisión escuchándolo en la radio, viéndolo en algunas películas de pobres en blanco y negro, y luego, al cabo de los años, disfrutando sus viñetas de impávido humor negro en Hermano Lobo, una de aquellas revistas que en pleno franquismo se tomaron la libertad por su mano, antes de que la libertad llegara. Pero en aquel abril de 1995, en ...

Barcelona, lo que le agradecí sobre todo a Miguel Gila fue su extraordinario libro de memorias, Y entonces nací yo, que es uno de los pocos testimonios de los años de la República y la guerra civil contados desde abajo, desde la posición de un pobre soldado de Infantería al que mandan al frente sin entrenamiento alguno y sin vapores ideológicos que lo animen al heroísmo ni a la crueldad.

Los monólogos sobre el absurdo de la guerra que lo hicieron célebre eran rigurosamente autobiográficos. El chiste macabro del hombre con una pierna amputada: (“Yo no soy cojo; es que me fusilaron mal”) reflejaba una experiencia suya: ya en la diáspora del final de la guerra, Miguel Gila fue apresado por un grupo de soldados marroquíes del ejército de Franco, los cuales se apresuraron a ponerlo contra el paredón, junto a otros camaradas de infortunio. Un pelotón de fusilamiento chapucero disparó contra ellos, y casi todos murieron, pero Gila permaneció indemne bajo los cadáveres de los otros, y consiguió escapar. En los tiempos muertos en el frente, los soldados republicanos y los nacionales jugaban al fútbol con pelotas de trapo y se intercambiaban tabaco y papel de fumar, así como noticias sobre parientes o amigos que hubieran quedado en el otro bando. Un día visita el frente Dolores Ibárruri, la Pasionaria, que ante aquella formación de reclutas hambrientos pronuncia su célebre consigna: “Más vale morir de pie que vivir de rodillas”. Y Gila reflexiona: “Pero ellos se marcharon al extranjero a vivir de pie y a nosotros nos dejaron en España a vivir de rodillas”.