El marco urbano de, tal vez, la novela más sobresaliente del último premio Princesa de Asturias, La ciudad de los prodigios, explica la transformación de una ciudad de provincias en una urbe cosmopolita. También indaga en los recelos entre Madrid y Barcelona y en el origen del desprecio, odio, incluso, hacia los Borbones de buena parte de la ciudadanía barcelonesa. Todo eso puede contar un parque de una ciudad.
“En vísperas de la inauguración de la Exposición Universal, las autoridades se habían comprometido a limpiar Barcelona de indeseables”. Esa misma frase, que Mendoza sitúa en 1888, poco antes de la inauguración de la primera Exposición Universal que se celebró en su ciudad —y en España—, se escuchó de nuevo varias veces en la ciudad condal. No por casualidad, sucedió durante los preparativos para otro gran acontecimiento que debía transformar la metrópolis: las Olimpiadas de 1992. En esa ocasión, los travestis con los que convivíamos por las noches en la Rambla de Cataluña y las prostitutas, de menor alcurnia y más bajo presupuesto que las de Pedralbes, que trabajaban en el final de las Ramblas, fueron desalojados.
Hemos sabido que cuesta años pagar el coste de unas Olimpiadas. Sobre todo cuando uno de los deportes nacionales consiste en tirar la casa por la ventana para hacer demostraciones de poder. En la preparación de la segunda Exposición Universal que acogió, de nuevo Barcelona, en 1929, Mendoza cuenta que se requirió “cada dos horas tanta agua como la que se consumía en toda Barcelona en un día entero”. Para esta segunda Exposición Universal barcelonesa —la segunda en España y en la misma ciudad— la urbe hizo construir un teatro griego (el Grec), un pueblo español (con construcciones tradicionales de varias provincias españolas) y… uno de los edificios más modernos del mundo: el pabellón alemán, hoy reconstruido y conocido por el nombre de su autor: Mies van der Rohe. “Todo a la vez”, escribe.






