La sacudida en el mundo cultural provocada por la presentación del premio Aena de Narrativa Hispanoamericana ofrece una oportunidad para reflexionar sobre mecenazgo

La próxima semana, Rosa Montero, presidenta del jurado, anunciará los cinco finalistas del premio Aena de Narrativa Hispanoamericana y el día 8 de abril se fallará en Barcelona. Como era previsible por su diseño y dotación (un millón de euros para el ganador, 30.000 euros para cada uno de los cuatro finalistas), la presentación de este galar...

dón ha producido una cierta sacudida en el mundo cultural de España y América Latina. Esta sacudida ofrece una oportunidad para reflexionar serenamente sobre el mecenazgo, entendido como la aportación voluntaria de recursos económicos de empresas y ciudadanos a actividades culturales, científicas y educativas que complementan —no sustituyen— las actuaciones públicas.

El Nobel de Economía Milton Friedman escribió en 1970 en The New York Times, de manera provocadora, que en una sociedad democrática con una economía de mercado “existe una única responsabilidad social de las empresas: aumentar sus beneficios (…)”. Esta aseveración ha sido frecuentemente caricaturizada ad hominem en los debates sobre la justificación de la responsabilidad social corporativa (RSC) de las empresas. Sin embargo, la honestidad y el rigor obligan a una evaluación más matizada. De análisis solventes en la filosofía política y de la economía (Rawls, Sen, Stiglitz…), se puede concluir que Friedman tendría razón en un mundo ideal, en el que, por ejemplo, la provisión pública, la regulación económica y la distribución de renta y riqueza fueran puras y virtuosas. Desafortunadamente, el mundo es imperfecto y, allí donde el mercado proporciona incentivos económicos insuficientes o donde es imposible que el sector público cubra todas las necesidades, adquiere sentido que las empresas desplieguen actuaciones de RSC —el mecenazgo, entre ellas—, sobre todo si son específicas y están bien diseñadas.