Ángel Edo quiso ser ciclista cuando vio aparecer un día a Celestino Prieto por las carreteras de Gavà vestido fastuoso del azul-amarillo del Kas y Juan Antonio Flecha, que se hizo ciclista en Argentina, a los 11 años, se iba en bici de Castelldefels a Vilanova i la Geltrú por las curvas del Garraf para ver si encontraba por las calles a Paco Gálvez en su Opel Corsa con el deseo de apuntarse a su escuela ciclista, en la que ya destacaba su hijo Isaac, excelente pistard que murió al clavarse en el pecho una astilla de la madera del velódromo de Gante. El Mundial 84 en Montjuïc completó la vocación de Edo, mientras que Flecha se fue a comprar una bici de carreras a Montcada, a la tienda en la que Miguel Poblet en persona le fijaba las medidas como hacía Eddy Merckx con todos los futuros campeones belgas en su taller de Bruselas, y en Vilanova después Marc Soler siguió sus pasos. Así es el ciclismo y así es Barcelona, un cesto de cerezas, no se puede hablar de un ciclista sin hacerlo también de los que lo fueron antes, y mucho antes. Hubo un tiempo, cuando la bicicleta era progreso y libertad, en el que el ciclismo español giraba alrededor de Barcelona, la puerta de entrada de Europa en Iberia, y los mejores ciclistas de todo el país llegaban a la ciudad, un jolgorio de directivos, organizadores, clubes, carreras y ambiente. En Barcelona, Claudi de Rialp había fundado la Unión Velocipédica Española (origen de la Federación Española de Ciclismo) aún en el siglo XIX, y en Barcelona, pocos años después, Narcís Masferrer funda El Mundo Deportivo a imagen y semejanza de L’Auto (el ancestro de L’Équipe), el diario inventor del Tour de Francia, y con el mismo espíritu civilizador, intenta organizar ya en 1912 la Vuelta a España (una carrera que hasta 1935, y desde la central Madrid, no echó a rodar), una ampliación de la Volta a Catalunya, nacida en enero de 1911, la carrera por etapas más antigua de España aún organizada. De Barcelona partió en 1924 Jaume Janer para convertirse en 1924 en el primer ciclista español que terminaba el Tour y en esa Barcelona en ebullición ciclista pedaleaba Muç Miquel Serret, del barrio de Les Corts, ciclista que ganó dos Voltas y militante comunista del PSUC exiliado en Perpinyà tras la guerra civil. Se unió a la resistencia francesa y murió en un campo de concentración nazi. En los años 20 se fundaban la Unió Esportiva Sants y el Esport Ciclista Barcelona. Allí llegó entonces un pastor navarro huérfano llamado Mariano Cañardo (Marià Cañardo, en la plaza por él bautizada junto al velódromo olímpico de Horta), que corriendo con los colores del Barça ganó siete Voltas, corrió varios Tours y estableció su oficina y en la capital catalana, dirigiendo la sección de ciclismo del FC Barcelona hasta su desaparición en 1943, estableció su oficina de reclutamiento, control y poder dentro del ciclismo español, del que fue también seleccionador nacional.Quien quería ser ciclista emigraba a Barcelona, se hacía del Barça y corría en el Peña Solera-Cacaolat, que también vestía de azulgrana. Y Joan Manuel Serrat les aplaudía en las cuestas hacia el castillo. Desde Montcada i Reixach, muy cerca, su área metropolitana, llegó Miguel Poblet, el divino calvo, un ciclista adelantado a su época. No era sufrido escalador nervudo, sino potente sprinter y clasicómano, engañó a sus padres y falsificó su firma para sacarse la licencia a los 16 años. Poco después fue el primer español que vistió el maillot amarillo del Tour y hasta, un sprinter pesado como él, pasó un año el primero por la cima del Tourmalet. De Toledo llegó Federico Martín Bahamontes, el primer español que ganó el Tour, en 1959, y se convirtió, con las Copas de Europa del Madrid en la imagen triunfante del franquismo. “Puso en marcha la mitomanía del país”, recuerda Serrat, culé y antifascista. “Bueno, lo que pasa es que a mí como aficionado del Barcelona, tú comprenderás, yo me abstenía de este segundo asunto, y, en cambio, Bahamontes lo compartía”. Bahamontes era también del Barça y se alojaba en la pensión Norte, junto al Arco del Triunfo. Allí hizo llegar a su pupilo toledano Lecherito, Rafa Carrasco, que corrió luego en el Picadero… Y por allí también apareció, nacido en Peña Castillo, junto a Santander, pero niño emigrante con sus padres en los años 40, José Pérez Francés, el más barcelonés de todos los ciclistas. No aguantaba a Bahamontes, sus locuras, y quedó detrás de él en el podio del Tour del 63 que ganó el inmortal Jaques Anquetil. Y también de La mancha llegó para quedarse José Luis Laguía.Barcelona ha organizado dos Mundiales en Montjuïc, el Grand Départ de este fin de semana es la cuarta visita del Tour a sus calles y en la carrera de los Juegos Olímpicos, en las afueras, donde compitió Edo también corrió lance Armstrong, el personaje que marcó el ciclismo mundial hace 25 años.La Setmana Catalana en marzo, la Volta en septiembre y la Subida a Montjuïc en octubre ritmaban las estaciones ciclistas en Barcelona, y alrededor crecían campeones y culés, como Purito Rodríguez, podio en un Tour, ciclista de Parets del Vallés hijo de ciclista de los años 70, Manuel Rodríguez Ayora. Su ejemplo, el de Purito, inspira al último llegado a la lista de campeones barceloneses, Marcel Camprubí, que a los 24 años acaba de proclamarse campeón de España. Un chaval del siglo XXI pleno. Su llegada al ciclismo serpentea desde su casa en el Barrio Gótico, a la sombra de Santa María del Mar, primero callejeando con mountain bikes y haciendo equilibrios con la bici de trial, y después, en su época de triatleta, ya en la carretera. “Mi ídolo es Purito. Sus características son un poco las mías”, dice. “Espero ganar al menos la cuarta parte que él”. En su cereza, inevitablemente en Barcelona, se enganchan en carrusel infinito otros rabos con fruto, el de Roger Adrià, ciclista del Tibidabo, y Paula Blasi, la joven de Esplugues de Llobregat que se ha encumbrado a la elite mundial. El entrenador de la ganadora de la Vuelta, Fran Escolà, fue el director del SmartDry, el equipo en el que inició su carrera Camprubí, que estrena estos días su maillot de campeón de España no en el Tour que sale de su ciudad, sino en una lejana carrera en Rumanía. Y todos se acuerdan de Jaume Guardeño, que entró en coma en marzo después de golpearse contra un coche entrenando cerca de su casa, en Caldes de Montbui, cuando se preparaba para debutar en el Tour. En él piensa, sobre todo, Abel Balderstone, gigante rubio de Ulldecona, que entrenaba con él, y también debuta en el Tour, un fruto más de una cosecha interminable.
El ciclismo en Barcelona, un cesto de cerezas enganchadas que crece desde hace más de un siglo
La capital catalana fue la cuna del ciclismo competición en España, jolgorio de corredores como Cañardo, Poblet, Pérez Francés o Paula Blasi, de clubes y organizadores















