Hace unos días, los periodistas de ciencia sufrimos una pequeña arritmia al recibir una alerta en el móvil con una noticia de The New York Times, que tenía un titular muy sugerente: “Esta célula se alimenta, crece y se reproduce. Y es artificial”. Ese vuelco en el corazón lo conoce cualquier periodista; ocurre cuando la competencia publica una noticia que él o ella no tiene. Pero los reporteros científicos nos alertamos de otra manera: “¿Me he comido un embargo?”Y es que la ciencia avanza de una forma muy especial, que poca gente conoce. Un investigador o grupo de ellos puede pasar meses o años trabajando en un descubrimiento, y cuando lo hace, remite esa investigación a revistas como Nature o Science, las más importantes en ciencia. Estas publicaciones someten ese descubrimiento a lo que se llama “revisión por pares”, es decir, se lo remiten a otros científicos del mismo campo, que pueden rechazar el estudio o pedir cambios a esa investigación, en un proceso que puede durar años y que resulta absurdamente caro. Una vez admitida su publicación, los periodistas recibimos “embargadas” esas investigaciones, es decir, las podemos leer con varios días de antelación, para poder hacer así nuestro trabajo con el tiempo necesario para entender y valorar el descubrimiento. De ahí mi arritmia: si se ha creado vida artificial, el estudio debería haber sido publicado por Nature y Science y, si no lo he visto, no es que sea mala periodista, es que ni siquiera sé leer. Pero no: el Times había publicado una investigación que le pasaron, y que estaba sin revisar.¿Hizo mal el Times? En esto hay una verdad incómoda: el sistema está podrido. Publicar en abierto en Nature cuesta 12.850 dólares por artículo. La revisión, que debería durar semanas, se eterniza hasta dos o tres años, mientras los editores exigen experimentos adicionales que devoran becas, tiempo y talento, sin que después se mueva una coma de las conclusiones. Los críticos de este modelo lo dicen con crudeza: los editores dejaron de valorar si un descubrimiento era importante y empezaron a medir el mérito por kilos de datos, para blindarse ante cualquier decisión discutible. El resultado es un peaje absurdo pagado, casi siempre, con dinero público. Y un negocio redondo: el investigador entrega el trabajo gratis, otro colega lo revisa gratis y la editorial cobra por publicarlo y, después, por dejar que lo leamos. Ningún otro sector se atrevería a tanto.Por eso, cada vez más investigación se difunde en preprints, esos borradores que se publican sin pasar el filtro de otros expertos. La revisión por pares empieza a parecer opcional. ¿Estamos ante el final de la ciencia tal y como la conocemos?Aquí asoma la inevitable inteligencia artificial, que sus defensores presentan como el bisturí capaz de amputar toda la grasa ceremonial de la revisión por pares y, de paso, el gran negocio de las editoriales científicas: si una máquina verifica en horas lo esencial de un paper, el tribunal de sabios lentos y carísimos sobra.Ojalá fuera tan sencillo. Porque el problema de la célula artificial no es que sus autores tuvieran prisa, sino que confundieron anunciar con demostrar. La revisión por pares es imperfecta, cara, lenta y a veces injusta, pero sigue siendo lo único que separa un descubrimiento de una nota de prensa bien redactada. Cuando la eliminamos, no democratizamos la ciencia: la dejamos a merced de quien tenga mejor gabinete de comunicación. Y eso, en tiempos de bulos con bata blanca, es jugar con fuego.La solución no es dinamitar el filtro, sino arreglarlo: revisión más rápida, más barata y más transparente. Mientras tanto, cada vez que alguien nos venda vida artificial en rueda de prensa, los periodistas debemos hacer lo que ya hacíamos, que es lo que haría cualquier buen revisor: pedir los datos, dudar, esperar y preguntar.
¿Una ciencia sin filtros?
El anuncio de la creación de la vida en un laboratorio es una prueba más de que la ciencia avanza hacia un sistema de publicación sin revisión con consecuencias inciertas















