Cada escándalo científico alimenta una narrativa ya conocida: la investigación no es diferente del resto de ámbitos de poder, también responde a intereses y también puede manipularse
En los últimos años hemos asistido a escándalos que han ocupado portadas en todo el mundo: investigaciones que se presentaban como revolucionarias y acabaron retiradas por fraude, crisis incluso en instituciones tan prestigiosas como las que otorgan los premios Nobel, fraudes sonados en áreas como la psicología o la biomedicina. A ello se suman noticias sobre irregularidades ...
en centros de investigación punteros, conflictos de intereses o manipulación de indicadores en Europa y en España. El efecto acumulativo de estas historias no sorprende: alimenta la sensación de que la ciencia no es diferente de cualquier otro ámbito de poder, que también está corrompida.
Esa conclusión puede parecer razonable. Y, sin embargo, es conceptualmente equivocada.
Conviene empezar por una distinción que rara vez se formula con claridad. No es lo mismo hablar de corrupción en la ciencia que de corrupción de la ciencia. La primera existe —como existe en cualquier actividad humana— y debe investigarse y sancionarse. La segunda implicaría que las propias reglas del método científico están estructuralmente orientadas a blindar errores o intereses.






