Jorge Luis Borges remató así su relato Emma Zunz, de 1949: “La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”. Siento empezar por un espóiler, pero supongo que eso da igual en este caso, porque si quieres entender el espóiler vas a tener que leer el cuento de todos modos. Ese relato es la mejor dramatización que conozco de un principio general de creciente importancia: que la mejor mentira es casi una verdad.

Los humanos somos unos mentirosos compulsivos (y no me lo niegues, porque no te voy a creer). Desde el caballo de Troya hasta los virus troyanos que se inspiran en él, desde las armas de destrucción masiva en Irak hasta el vínculo entre la inmigración y la delincuencia en España, desde la infancia inmaculada hasta el currículum académico, la historia y la vida se construyen sobre estratos de engaños, autoengaños y engañifas desfilando en machacona sucesión hasta la única certeza final, llamada muerte. Hay mariposas que despistan a los pájaros y leonas que se esconden tras un árbol para engañar a las gacelas, por supuesto que sí, pero lo nuestro es mentir a dos carrillos con razón o sin ella. Está en nuestra naturaleza.